Los sueños como mensajes oníricos para advertir nuestro propio destino

Comparte esta nota!
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Sueños

Quienes tienen una versión mecanicista, atribuyen los sueños a los desechos de sensaciones biológicas o bien desechos psicológicos del día: una especie de basurero de experiencias diurnas. Otros los consideran como adivinatorios del porvenir. Otros, como mensajes de Dios, que nos habla todas las noches y no siempre estamos dispuestos a atender su llamado. Otros, como activación de sucesos reprimidos que pujan por volver a la superficie (‘Lo Reprimido’ de Freud, ‘La Sombra’ de Jung). Otros, como posibilidad de satisfacer alucinadamente el deseo y evitar despertar (Freud). Otros, como mensajes existenciales, de aquí y ahora, que buscan su forma de expresión, como si nos habláramos a nosotros mismos por la noche, diciéndonos cosas que no nos atrevemos a decir, y a escuchar, de día. Otros, como posibilidad de acceder con un lenguaje simbólico a todo aquello que está más allá de nuestro entendimiento, a un mundo otro, invisible o de una sustancia distinta (imaginal), al que tenemos acceso por la noche o bien por medio del arte que posibilite su expresión: los sueños y la poesía hablan un mismo lenguaje. Otros, que es una manera de observar lo que se está gestando en nosotros mismos.

Cualquiera de ellas y muchas más, son formas posibles de lectura y de todas podemos sacar cosas que nos permitan conocernos más. Me inclino personalmente, en este momento de mi vida, a pensar que los sueños nos hablan de cosas que se están gestando. Son como germen de lo que luego llamaremos destino. Es posible que Dios haya hecho el cosmos en un solo acto y luego descansó, hasta el fin de los Tiempos, satisfecho, o no, de su creación. Es posible que Dios nos haya hablado “in illo tempo” (un tiempo otro), y que sus mensajes constan en los Textos Sagrados y que nunca más nos habló. Me gusta imaginar (posiblemente Dios nos haya dado esta capacidad de imaginar) un Dios creativo que está eternamente creando, que estará siempre hablándonos e invitándonos a su infinita creación. (La Física Cuántica habla de la posibilidad de infinitos Big Bang, actos de creación en el tiempo y la posible coexistencia de mundos múltiples y paralelos. También lo “visionó” Borges. Un Dios que no creó una sola vez, si no que se regodea en una creación continua, para la cual tal vez seamos invitados importantes a participar con él).

Me gusta imaginar los sueños como oportunidad que nos da Dios para indicarnos lo que se está gestando, lo que aún no es destino, y que puede por lo tanto ser modificado de alguna forma y que nos invita a hacerlo a través de la información que nos da en sueño de lo que está en germen. Jung dice “lo que no se hace conciencia se transforma en destino”. No necesariamente tenemos que “sufrir” lo que nos pasa por fatalidad, o karma, o como quisiéramos llamarlo, si no que siempre contamos con la posibilidad de nuestra intervención para cambiarlo, transformarlo o prepararnos para aceptarlo.

Antes de que las cosas nos sucedan, nos avisan los sueños que es posible que sucedan y dejan a nuestro libre albedrío, qué queremos hacer con ello. Si Dios puede ser definido como el Creador, cómo no crearía, a su Imagen y Semejanza, a un ser con posibilidades de creación. Alguien dijo que Dios en su infinita Soledad y cansado de su “aburrimiento” nos creó para que le ayudáramos a reflejar su creación. Somos como espejitos de Dios. Imagino que Él espera que le brindemos un buen espectáculo, que no repitamos una y otra vez la misma obra (por muy buena o por muy mala). Él nos dio un carromato de Juglar lleno de ropas y guiones para infinitos argumentos. No repitamos, porque hemos logrado algún aplauso, o porque nos empecinamos en mejorarla, la misma obra una y otra vez. Él espera de nosotros espectáculos siempre renovados. Los sueños son obras nuevas de cada noche, entre diez y quince por noche (los recordemos o no) y siempre historias originales. Atendamos a sus llamados, anticipan el futuro, pero no un futuro irremediable. Sí el futuro que nos animemos a crear junto con Él. No aumentemos su infinita Soledad, ni su tedio. Es una hermosa posibilidad ser coguionistas de Dios, ni siquiera hay que saber escribir, sólo atreverse a ser.

Por Ariel Baldrich