El mundo onírico de las sombras

Comparte esta nota!
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Sueños

El Yo Onírico nos enfrenta cada noche a nuestra propia Sombra. Reconocernos en él, y apropiarnos de sus capacidades y limitaciones es un tramo fundamental en el camino del autoconocimiento.

En la noche, cuando armamos nuestras historias de magia y de suspenso, tejiendo nuestros sueños, damos, en el reparto de actores, un rol principal a lo que llamamos “el yo onírico”. Somos nosotros mismos viviendo la peripecia del sueño. A mí me pasan cosas, me persiguen los leones, mato o soy muerto, hago el amor u odio, nado en medio de tempestades, vuelo y atravieso paredes. En síntesis, hago todo aquello que mi ego despierto (portador de mi identidad) no puede o no quiere hacer. Este yo onírico se encarga entonces de la Sombra de mi yo vigil. A la Sombra suele confundírsela con los aspectos negativos, con la maldad, con la amoralidad. En realidad es Sombra todo aquello que no puedo aceptar como propio y en este no integrar aspectos míos pueden también estar aspectos muy positivos que no me atrevo a ejercer. Puedo tener en sombra mi coraje de vivir, mi inteligencia, mi creatividad, mis deseos de amar, mis éxitos, y un sin fin de aspectos positivos que, por diversas motivaciones, no puedo incorporar a mis personajes habituales.

Si mi hermano es el inteligente, tomo el rol vacante: el torpe, el vago o el indisciplinado y dejo en Sombra mi propia inteligencia. Si mi padre hace poesías, dejo en sombra mi poeta y me hago portador de una prosa descarnada y racional. En síntesis mi Sombra puede tener tanto aspectos negativos como positivos. El trabajo del sueño es compensar esos aspectos y restablecer el equilibrio perdido. Mi sombra puede aparecer en los sueños representada en mi yo onírico, pero asimismo en otros personajes del sueño o en objetos o animales, o en el escenario del sueño (lugar en donde ocurren las cosas). En casos muy extremos pueden incluso literalizarse y presentarse como un fantasma oscuro, un indio, un can oscuro o la misma noche y su negrura. ¿Por qué se toma el sueño el trabajo de acercarnos a nuestra Sombra?

Entre otras, la motivación del sueño, es procurar restablecer nuestra integridad. Somos lo que somos y no sólo lo que se espera de nosotros, lo que mis ideales esperan de mi mismo. Lo que mi género, hombre o mujer, prescribe como que puedo hacer y no puedo hacer. Si soy escarpín celeste no puedo jugar con muñecas, si lo soy rosa, no puedo trepar árboles. Y esto es, quizás, la parte más difícil de nuestra ignorancia de la Sombra: aceptarnos como somos. Querernos tanto en nuestros aspectos positivos, como en nuestros aspectos negativos. Es fácil amar al otro si este se presenta como Príncipe. No es tan fácil si se muestra como Sapo. Se necesita mucho amor para amar a un sapo.

Se necesita mucho amor para amar a mi mejor enemigo. Lo habitual es odiarlo. Olvidamos que es él precisamente quien se encarga, en vigilia, de permitirnos proyectar nuestra propia Sombra. Despiertos, nuestra Sombra, está tanto en los personajes o situaciones que más odiamos o nos molestan como en todas aquellas que admiramos. Proyectamos en los demás nuestras “maldades” como nuestras más altas virtudes. Necesitamos “Maestros Espirituales” afuera, que se hagan cargo de nuestra dificultad de aceptar nuestro propio Maestro Espiritual interno. Proyectamos nuestros poderes de ayuda o curación en piedras, rituales, amuletos, estampas, cruces, o teorías y en infinidad de objetos o acciones que encubren el reconocimiento de esos mismos poderes proyectados, en nosotros mismos. Da tanto trabajo ser UNO MISMO, mejor que otro se haga cargo. Fabricamos así un Hitler, un Proceso, un Terrorista, que asumen luego las maldades colectivas en forma desmesurada y sangrienta, ya que es la suma de todas nuestras pequeñas maldades no asumidas. ¿Existe el diablo como portador absoluto del mal? Es un tema que abordaremos más adelante. Lucifer, “el Ángel Caído”, ¿no se hará cargo, exista o no, de nuestros propios demonios? Si existe, no recarguemos su trabajo, de por sí difícil, con nuestros propios miedos. Si no existiera, esa energía proyectada de alguna forma volverá a nosotros. Si damos amor nos vuelve amor acrecentado, si damos odio nos vuelve odio también acrecentado. Pero no podemos evitar sentir amor u odio, son emociones que no provocamos, nos suceden. “Que nada de lo humano me sea ajeno”. Asumamos nuestra tarea. No recarguemos el trabajo del yo onírico, que debe luego vivir en “pesadillas”, todo lo malo que no se atreve el yo vigil.

¡Cuidado!, que si tapamos la posible entrada de los demonios, posiblemente queden atrapados los ángeles que no podrán tampoco salir, cuando los necesitemos. Sé que es difícil entender que necesitamos tanto a nuestros ángeles como a nuestros propios demonios, que ambos son partes nuestras. ¿Que no se puede amar y odiar en vigilia?, ¿que no se puede volar?, ¿que no se puede integrar lo bueno y lo malo? Sin duda que se puede. Los sueños nos enseñan que sí, que es posible y nos cuentan que si bien morimos en la noche, es sólo por un rato. Siempre nos espera un nuevo despertar.

Por Ariel Baldrich