Soñar con tiempos mejores

Comparte esta nota!
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

sueños

Nuestra verdad interior es mucho más auténtica que la realidad incoherente que nos muestra el mundo a través de los medios. Aprendamos a escucharla.

Un hijo mata a su madre, un marido a su mujer; en una escuela los alumnos desayunan con gas; al presidente más custodiado del mundo le roban su reloj; un punguista puede más que la tecnología de guerra número uno del mundo; el presidente del país más culto de Europa da un discurso ante las cámaras del mundo, alcoholizado; no sé si estoy votando a un líder político o a mi equipo de fútbol; olas gigantes invaden las costas; la venta de agua puede ser mejor negocio que vender petróleo; las madres asustadas se agolpan en las salas de guardia por un chico resfriado; los hospitales psiquiátricos dan de alta a locos tranquilos, para que duerman en las plazas, ya que no tienen camas para atenderlos; destruimos nuestros bosques, estamos serruchando la rama del árbol en que estamos sentados…

¿Todo esto lo soñé anoche? Lamentablemente no, lo vi esta mañana en un noticiero. Mis peores pesadillas son menos angustiantes que el discurso mediático. ¿Me estoy volviendo loco o el mundo enloqueció?

Jung escribió que los sueños no se interrumpen en vigilia, sino que seguimos soñando de día. La diferencia es que la intensidad de estímulos externos no nos permite darnos cuenta de sus contenidos, salvo cuando nos relajamos (por ejemplo, manejando en una ruta, dormitando en un colectivo) en donde emergen contenidos oníricos, que en este caso denominamos fantasías diurnas.

En los tiempos en que vivimos, en crisis sin duda, las fantasías y la realidad se confunden. Y nuestros líderes naturales hacen cosas que contribuyen a que no podamos distinguir qué es realidad y qué es ficción.

Freud nos decía que parte del proceso de curación es adaptar al paciente al mundo de la realidad (principio de realidad). ¿Nuestra tarea es quizá preparar a nuestros pacientes para un mundo enloquecido? O advertirle que “su locura” es muchísimo menos gravosa que la locura del mundo y que debe aprender a preservarse de la locura colectiva.

¿Cómo? Pregunta asustado… No es tan difícil: apague, por un rato, el televisor y reúnase con sus seres queridos que posiblemente sean más sanos que nuestros gobernantes e instituciones y el discurso mediático y, por otra parte, no nos asustemos tanto de nuestras pequeñas locuras de cada día. De poetas y locos todos tenemos un poco; el mundo actual ha perdido su poesía y sólo conserva su locura.

Jung comentaba que la delgada capa que separa nuestro psiquismo y la realidad se confunde y corremos graves riesgos. Nuestra supervivencia pende de un delicado hilo que es nuestro psiquismo y que puede cortarse en cualquier momento. Ya no se trata de llevar a un paciente al diván, sino de llevar el diván al mundo. ¿Cómo se hace esto? ¿Es posible hacerlo o es irreversible? ¿Se cumplen así las más pesimistas de las profecías apocalípticas?

Un grupo de notables pensadores de distintas disciplinas, reunido en la Universidad de la Sorbona en París, manifiesta que ante el riesgo de una globalización extrema, que puede llegar a ahogarnos y hacernos perder nuestra individualidad en medio de una masa amorfa y confundida, surgen movimientos espontáneos que tienden a la vuelta de lo tribal (pequeños grupos y comunidades) y a lo natural (recuperar nuestras fuerzas primarias de autoconservación) ante fuerzas colectivas que nos llevan al desastre.

Además de esta forma posible, surgen otras en nuestros sueños, diurnos y nocturnos, y nos proponen, desde un lugar de sabiduría mayor, que la incoherencia es colectiva actual y que nuestros líderes actúan por inercia.

Nuestros sueños compensan lo que está desequilibrado en nuestro psiquismo. Los arquetipos predominantes en los sueños actuales son los del niño y de la mujer. Esto tiene su lógica (los sueños la tienen aunque es distinta de la lógica racional): ni los niños ni las mujeres hacen guerras, sólo las sufren. Ninguna mujer mandaría a sus hijos a la guerra, nosotros, los hombres, lo hacemos tras principios generalizados no revisados, como patria, propiedad, defensa de fronteras.

Son tiempos de reconocimiento de errores y rectificación. Los sueños de hoy en día no nos hablan de catástrofes finalistas, sí de necesidad profunda de cambio y transformación (la creatividad del niño). ¿Aún es tiempo? Resulta que sí. No dejemos que la muchedumbre colectiva nos robe nuestro reloj y se acabe nuestro tiempo, por más protegidos que creamos que estamos. Soñemos con tiempos mejores. Todos los sueños tienen vocación de futuro y tendencia natural a transformarse en realidad. “Lo que no se hace conciencia se transforma en destino”. Participemos en la construcción de un destino mejor: sigamos soñando de día y de noche y nuestros mejores sueños construirán una nueva realidad.

 

Escrito por Ariel Baldrich