La llegada del primer hijo

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La llegada de un nuevo integrante a la familia es un acontecimiento muy importante. La educación durante los primeros años de vida es fundamental para determinar la personalidad, el carácter y la forma de relacionarse con los otros. La conciencia de esto suele generar aprehensión en los padres primerizos, que se encuentran llenos de dudas y conflictos.

A continuación veremos algunas cuestiones acerca del desarrollo infantil y el rol de los padres, junto con sus dudas y preguntas, frente al embarazo y la llegada de los chicos a la escuela primaria.

Lo primero es la sorpresa, siempre la sorpresa. A pesar de que el embarazo haya sido buscado o planeado con anticipación, cuando la segunda rayita comienza a hacerse nítida en el test de embarazo una indescriptible emoción y una terrible sorpresa invaden nuestra alma. Claro, es que esa segunda rayita anuncia, nada más y nada menos, que la llegada a este mundo de nuestro primer hijo, nuestro primer bebé.

Una vez que pasa el primer momento y que por fin confirmamos que realmente esa segunda rayita es un nuevo integrante de la familia, lo que comienza a asaltar a todos los padres primerizos son las dudas. ¿Podremos criarlo bien? ¿Seremos buenos padres? ¿Estamos preparados? ¿Nacerá sano? ¿Le daremos todo lo que necesite? ¿Dolerá el parto? ¿Deberemos dejar nuestras vidas de lado para dedicárselas por completo al bebé? Todas esta preguntas y muchísimas más comienzan a invadir nuestros pensamientos hasta abarcarlos por completo y casi no dejarnos dormir.

Es que una nueva experiencia siempre genera dudas y temores, y esto se agrava cuando la nueva experiencia se trata nada más y nada menos que de la crianza del primero de nuestros hijos. Pero como es algo normal, para alejar los temores y despejar todas las dudas, lo más conveniente es hablar siempre todo con el médico para que nos vaya guiando saludablemente a través de la ardua tarea de ser papás.

En esta nota, la Licenciada en Fonoaudiología, Psicomotrista y Psicóloga Social Francis Rosemberg acerca a todos los lectores algunos importantes consejos para tener en cuenta desde que el bebé está en la panza de la mamá hasta que comienza a ir a la escuela primaria.

Los primeros años de vida de una persona son la época donde se sientan las bases del desarrollo de sus potencialidades. Es en este período donde se definen las características de su personalidad, las capacidades para los aprendizajes, para las relaciones afectivas y para la inserción en la sociedad”, explica la Licenciada Rosemberg. Por este motivo, todo lo que podamos transmitirle a nuestro bebé desde que nace será fundamental para que sea un adulto feliz y saludable.

Una vida adentro de nuestro cuerpo

Los nueve meses que dura el embarazo se transforman para algunos en los más largos de la vida. La ansiedad que generan las ganas de conocer por fin la carita del bebé, de poder tenerlo en brazos, cambiarlo, alimentarlo, nos juega una muy mala pasada transformando esas 40 semanas en “la eternidad”.

Sin embargo, este tiempo que lleva el desarrollo del bebé adentro del útero materno les sirve también a los nuevos padres para adecuarse al nuevo rol que tendrán que jugar. “Durante el embarazo uno puede ir haciéndose a la idea del cambio que sobrevendrá en su vida con la mater/paternidad y se va preparando para convertirse en madre o en padre enfrentándose a una experiencia única”, dice Rosemberg.

A medida que va creciendo la panza también vamos aprendiendo sobre las necesidades que tendrá ese bebé, arreglando el espacio que ocupará en la casa, organizando los detalles de su vestuario y de su cuidado. Por lo tanto, mientras que la nueva vida se va haciendo presente adentro del cuerpo de su mamá, lo mejor que pueden hacer los padres es aprovechar esos nueve meses para estar lo más listos posible una vez que se produzca el milagro del nacimiento.

La llegada a este mundo

Si para los padres primerizos esta experiencia es totalmente novedosa, ni hablar de lo que sentirá ese bebé que se está preparando para llegar a este mundo. La psicóloga lo explica de esta manera: “Durante los nueve meses de gestación, el bebé va creciendo en un mundo sin sobresaltos, en penumbras, donde flota en el líquido amniótico, al que le llegan amortiguados los estímulos del mundo exterior, en el que se alimenta y respira a través del cuerpo de su madre. En el momento del nacimiento se produce un pasaje abrupto de este mundo, en el que vive replegado sobre sí mismo, donde no hay registro de necesidad, a otro lleno de estímulos: luces y sonidos que impactan, contactos nuevos, bruscos, movimientos inesperados, la fuerza de la gravedad que lo absorbe hacia el vacío. Este cúmulo de experiencias nuevas deben ser filtradas y suavizadas para que no invadan súbitamente al niño”.

Esta es la función principal del adulto en los primeros tiempos de la vida de un bebé: crear una envoltura que amortigüe el impacto del encuentro con el mundo exterior, “anidar” a este nuevo ser, que es frágil y biológicamente inmaduro, para que pueda sobrevivir por sus propios medios en este nuevo ambiente.

Sin embargo, –aclara Rosemberg– el bebé no está totalmente desprotegido. Trae consigo las herramientas que necesita: en primer término, la posibilidad de adaptación, que hace que rápidamente el organismo adapte el sistema respiratorio, circulatorio y digestivo al nuevo medio físico en el que se encuentra. Y en segundo término, la potencialidad de la comunicación.”

Lo esencial durante estos primeros momentos es observarlo con tranquilidad para poco a poco comenzar a comprender todo el sistema de señales con el que el bebé cuenta. La distensión, la relajación, la placidez serán siempre señales de bienestar, de necesidades satisfechas y de placer. Por el contrario, el malestar produce displacer, tensión, crispación, descargas tónicas a través de movimientos desordenados y del llanto.

De acuerdo con la calidad de las respuestas que demos a estas señales será la calidad del vínculo que se establezca con el niño. Un vínculo de confianza, de seguridad afectiva, será el sostén para el desarrollo de un sujeto seguro de sí mismo, porque fue escuchado en sus necesidades. Así, se sabrá capaz y competente para expresarse y para encontrar en su medio la seguridad de la respuesta a él y a lo que él necesita”, dictamina la licenciada.

Los primeros aprendizajes

Si seguimos observando al niño, veremos que desde los primeros momentos de vida hace por sí mismo muchas más cosas de las que nosotros suponemos. Acostado panza arriba, mueve libremente sus brazos y piernas, gira la cabeza, percibe sonidos, reconoce la voz, los olores de su madre, busca con su mirada el rostro del adulto, chupa su mano. Un día, por casualidad, tomará su sabanita, la agitará frente a sus ojos, girará hacia un costado y hacia el otro. Aprenderá que sus manos le pertenecen, que puede tomar y soltar, que puede sacudir, frotar y golpear, que sus movimientos producen efectos sobre los objetos, e irá explorando y apropiándose de ese mundo que lo rodea.

Al respecto, Rosemberg explica que “si nos detenemos a mirarlo sabremos que el bebé es una persona desde el momento del nacimiento. No es una prolongación de sus padres ni un proyecto de adulto, sino un ser completo en cada momento evolutivo por el que vaya transitando, con iniciativas y competencias, con gustos y preferencias, con deseos y necesidades y con tiempos propios (que no siempre coinciden con los nuestros)”.

Esta cuestión es sumamente importante para tener en cuenta a medida que el bebé va creciendo. Los estándares de aprendizaje son muchos y generan en los padres primerizos una terrible ansiedad y temor cuando el comportamiento de su hijo no se adapta correctamente a lo que debería ser. ¿Por qué no empieza a hablar o a caminar si a esa edad ya debería hacerlo? ¿Por qué no gatea? ¿Por qué no engorda?

Muchas veces son nuestros propios temores y nuestra aprehensión los que hacen que el niño no realice eso que tanto esperamos. Hay que tener en cuenta que cada bebé es un caso único y especial, y que la mejor forma de estimularlos para que se desarrollen es no forzándolos para que encajen en los estándares populares. El tiempo de cada niño será diferente y lo importante es entenderlo y respetarlo para que crezca con libertad.

Buscando a la “mamá perfecta”

Por suerte, los grandes estudiosos del desarrollo infantil, como el Dr. Donald Winnicott, nos dicen que no es necesario ser una mamá perfecta. Simplemente alcanza con ser una madre “suficientemente buena”. Es que en realidad esto es lo mejor para el bebé, ya que si una fuese perfecta terminaría siendo algo negativo.

Una parte esencial del desarrollo de un chico depende de la posibilidad de espera, de la tolerancia a la frustración, de la búsqueda de estrategias para poder superar los errores”, cuenta la psicóloga Rosemberg. “Eso sí –aclara– desde nuestro lugar de adultos debemos cuidar que nuestros errores no sean demasiado severos y que no queden sin corregir durante demasiado tiempo, ya que cada momento de interacción entre un adulto y un chico deja huellas en el psiquismo que está constituyéndose.”

Es desde los primeros meses de vida cuando se sientan las bases de ese nuevo ser y se funda la nueva persona. Desde el nacimiento y durante los tres primeros años de vida se estructura la personalidad, se desarrollan las capacidades motoras y de aprendizaje, las relaciones afectivas y sociales. Y esto se construye en el marco de la relación adulto-niño.

Es en esta relación que el niño encuentra la satisfacción de sus necesidades más elementales: alimento, abrigo, higiene, el calor de los brazos y el sostén corporal, la mirada afectuosa, la palabra suave que envuelve.

Es a través de la calidad de los cuidados cotidianos que se constituye la nueva persona. No es lo mismo la manipulación brusca que una mano suave que acaricia, una mirada severa o indiferente o desilusionada, que los ojos que devuelven al hijo la alegría y el orgullo de ser padres. No es lo mismo dar la mamadera extendiendo el brazo al bebé acostado en su cuna mientras la mamá mira la novela, que sosteniéndolo a upa, mientras se lo mira a los ojos, hablándole en voz baja o cantando”, ejemplifica la profesional.

De esta forma, se va tejiendo una trama vincular o un sostén que da seguridad física y emocional al niño, la confianza básica para poder comenzar de a poco a tomar distancia de los adultos (a los que tiene internalizados) para salir a conquistar el mundo.

Por otro lado, las experiencias que los padres han tenido con su familia de origen juegan un papel decisivo en el momento de dar forma a esta relación posterior con el propio hijo. Y entonces es importante reflexionar sobre la propia historia y sobre lo que los medios de comunicación nos proponen desde la cultura dominante, para evitar reproducir el modelo que la sociedad impone: modelo de autoritarismo, sometimiento del más débil, ejercicio del poder y la violencia.

Algunos consejos

Un chico “mal-criado” es, como la palabra lo indica, un chico al que se lo ha criado mal, al que no se le ha brindado el sostén adecuado que le permita construir la confianza básica en los que lo rodean.

Para evitar esto, la Licenciada Rosemberg nos da tres pautas para seguir y desarrollar una buena crianza para nuestro primer hijo:

  • Un profundo sentimiento de seguridad afectiva dada por la experiencia de la respuesta inmediata del adulto cuando el niño lo solicita.
  • El sentimiento de seguridad física dado por el sostén adecuado en los brazos del adulto, por las posturas a las que el niño puede acceder por sus propios medios y por el espacio suficiente para poder ejercer la libertad de sus movimientos.
  • El respeto por sus propios tiempos donde no se busca acelerar el ritmo de maduración, sino organizar las condiciones externas facilitadoras del emerger de las condiciones internas del niño.

Así que, nuevos papás, ya lo saben: a dejar las ansiedades de lado y preparase para disfrutar de la maravillosa, aunque también ardua, tarea de enseñarle a nuestro hijo a ser una persona plena, saludable y feliz.