La llegada de un hijo al mundo

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La llegada de un nuevo hijo es siempre motivo de felicidad, pero ese nuevo integrante de la familia también genera ciertas tensiones. Veremos cómo manejar las consecuencias de este cambio para evitar que una etapa normal del desarrollo familiar se convierta en un problema mayor.

Muchas veces se cree que cuando una pareja que ya tiene hijos decide tener uno más está exenta de conflictos. Pero no hay nada más erróneo: cada hijo es único y su llegada implica consecuencias singulares y diferentes.

Es cierto que la experiencia nos nutre de conocimientos prácticos y aplicables a las nuevas situaciones, pero también lo es que ser padres de un hijo no significa abarcar todo el abanico de posibilidades que ofrece la maternidad y la paternidad.

Por otra parte, en cada nuevo embarazo cada progenitor se encuentra atravesando diferentes momentos profesionales, personales y familiares. Así, por ejemplo, si una mujer tiene dos hijos, pero la primera vez quedó embarazada durante la adolescencia sin haberlo planeado, siendo estudiante y conviviendo aún con sus padres; mientras la segunda vez buscó el embarazo mientras convivía con su pareja y en una posición laboral estable; obviamente será una madre diferente en cada embarazo, sus sensaciones y sentimientos variarán y las consecuencias de cada experiencia serán diferentes.

En definitiva, tener un segundo, tercer o cuarto hijo es siempre tener por primera vez a ese hijo.

Los padres

Es importante que la pareja que ya ha vivido un parto pueda aprovechar su experiencia pasada y utilice esta información para procurar una vuelta al hogar que no sea muy caótica. Pero, más allá de la organización, hay muchas cuestiones importantes para tener en cuenta a la hora de incorporar a ese nuevo miembro a la familia.

En líneas generales, la actitud que cada padre tendrá con respecto a la llegada del nuevo hijo y su incorporación al núcleo familiar generalmente se relacionará con su historia personal. Por eso es importante analizar cómo vivió cada uno de ellos esta situación en su familia de origen y si se sintió o no acompañado por sus propios padres en esta etapa.

Y es que, aunque desde un lugar diferente, la situación “del nuevo hermanito” se actualiza reactivando viejas huellas, y tener en cuenta estas vivencias ayudará a comprender desde otro ángulo las situaciones que se suscitan con la llegada de un nuevo integrante a la familia.

Los hijos

El desarrollo normal del niño involucra sentimientos que suelen aparecer y desaparecer a raíz de circunstancias vitales diversas: el caso concreto de la aparición de los celos se encuentra fuerte y claramente relacionada con la llegada de un nuevo hermanito.

La mayoría de las veces suele mezclarse la alegría de conocer al nuevo compañero de juegos y emociones con cierto desconcierto y angustia que se expresa en sensaciones de abandono y rechazo y en el temor de que lo dejen de querer.

Este miedo es el que provoca ciertos cambios de conducta que pueden alarmarnos: el niño muchas veces comienza a hacerse el “bebé” o actúa aparentando más edad de la que tiene. También puede ponerse agresivo o caprichoso y hasta tener conductas bizarras. Suele querer dormirse en la cama de los padres, o apropiarse de todas las cosas del bebé, e incluso pueden aparecer retrocesos en el proceso de aprendizaje.

Todas esas actitudes son, simplemente, algunas de las formas que encuentran los niños para manifestar los celos. Se trata de conductas normales dentro de este contexto, y se superan  mejor si los adultos asumen la responsabilidad de acompañar a sus hijos mayores, ayudándolos a atravesar lo mejor posible esta situación inquietante.

Cómo ayudarlo

Ante todo, hay que comprender que el niño cuenta con recursos más bien “primitivos” para aplacar el terror que surge con la llegada de un competidor, y que solicita por parte de los padres especial atención y la expresión desmedida de cariño.

Esto quiere decir que cuando un niño se está “portando mal” y decimos que “quiere llamar la atención porque está celoso”, lo que debemos ofrecer es, precisamente, una respuesta a este llamado. Lo ideal es prestarle atención y escuchar qué nos está pidiendo verdaderamente. Muchas veces una simple mirada atenta, una palabra de aliento o una caricia alcanzan para contener al pequeño en ese momento en el que se ve invadido por la angustia.

Otro asunto importante es hacerle saber a nuestro hijo que el nuevo integrante de la familia no le restará espacios de afecto, sino que se los sumará. Se debe tener presente que hasta la llegada del bebé el niño seguramente gozaba de toda la atención, poseía la “exclusividad” en la casa y todos los mimos y los cuidados eran sólo para él. Pero de a poco comenzará a notar que los padres ya no le pueden dedicar lo mismo, porque su hermanito acapara gran parte del tiempo y energía, especialmente en un principio. Esto provocará un cambio notable en su rutina diaria y una gran confusión. Por eso, trasmitiendo la idea de que el hermanito no lo desplazará ni le robará el amor de sus padres, y diciéndole que además este bebé lo va a querer y necesitar, podremos contener al niño que se encuentra transitando un momento difícil.

Participar y jugar

Una buena manera de ayudar al niño a transitar ese proceso es hacerlo partícipe del cuidado del nuevo integrante de la familia y explicitarle nuestro agradecimiento y amor, para que no se sienta desplazado. Podemos nombrarlo “ayudante” cuando bañamos al bebé o le cambiamos el pañal, o comentarle cómo lo cuidábamos a él cuando era bebé a medida que atendemos al hermanito. De esta forma lo estamos integrando en esa situación, evitando que se sienta excluido. Recuerden que lo importante es escuchar y hablar con nuestros hijos, demostrándoles siempre afecto y protección.

También podemos considerar la posibilidad de dedicar a nuestro hijo mayor una determinada cantidad exclusiva de tiempo por día para compartir alguna actividad lúdica sólo con él. En estos juegos se puede realizar un “como si” que le permita ir vivenciando la reestructuración familiar: de esta forma estaremos ayudando al niño a elaborar el conflicto interno que atraviesa. Así, por ejemplo, podemos representar una situación familiar en donde el niño juega a ser la mamá o el papá y la muñeca el nuevo bebé. Esta es una buena manera de que el niño canalice la angustia.

Sea cual sea la manera que encontremos para ayudar al pequeño, lo fundamental es no reprimir sus sentimientos. Es muy importante tener en cuenta que no es aconsejable que el niño evite atravesar su angustia o acallarla: lo ideal es darle a nuestro hijo el tiempo que necesite para adaptarse a la nueva realidad que se le presenta.

La familia

El cambio implicado en cualquier etapa nueva suele generar dudas, miedos y angustia en todos los seres humanos, y lo recomendable es que estos sentimientos se manifiesten, que “salgan a la luz” y no que sean reemplazados por síntomas: si no se generan canales saludables de comunicación, el riesgo es que los integrantes de la familia se expresen por medio de síntomas que “hablan” por lo que no se puede decir. Pero esta vía repercute en todo el sistema familiar y genera un sistema enfermo.

Por eso, todos los integrantes de la familia deben tomarse el tiempo que sea necesario para adaptarse al nuevo contexto. Por un lado, los adultos deben considerar que ellos mismos están viviendo algo nuevo y movilizante. Y, por otro lado, deben ser tolerantes con las manifestaciones que sus otros hijos expresen en relación a la reestructuración familiar.

Con la llegada de otro hijo se dan diferentes consecuencias. La reorganización del sistema familiar, en el que las pautas de comportamiento ya están establecidas de una determinada manera, es tal vez la más resonante.

Sin embargo, puede ser sólo un momento de crisis pasajera, a partir de la cual el sistema se enriquezca y siga creciendo saludablemente… siempre y cuando sus integrantes sepan comprenderse, tolerarse y sostenerse mutuamente.

Por Lic. Romina Rose Dorato