¿De qué se trataba el amor?

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amor

Amor eterno, amor platónico, amor imposible, amor a primera vista, amores que matan. Es infinita los tipos de amor que la cultura ha ido nombrando una y otra vez, según los mitos y las leyendas que quisiera entronar. Incluso se ha dicho, hace no mucho, que el amor es un invento: para sostener una sociedad como esta, hacía falta romanticismo. Pero, ¿qué es el amor?

El enamoramiento

Casi siempre, en el afán de explicar el amor, se lo divide en etapas: primero sucede el enamoramiento, que en el mejor de los casos deviene en el verdadero, auténtico amor, y dura… ¿para toda la vida?

Según el psicoanalista Albert Eiguer, “un encuentro amoroso se construye siempre sobre esa ilusión fundamental de formar uno con el ser amado. Proyectamos en él los propios sentimientos, lo vemos tal como quisiéramos que fuera, lo idealizamos. De hecho, todo amor se basa en una equivocación, estamos desfasados en relación a la realidad. ¡Estamos un poco locos!”.

Según él y otros especialistas, el impulso fusional que sería origen del enamoramiento descansa sobre una simultaneidad de deseos satisfechos: complicidad, humor, sensualidad, sexualidad. De ahí que el sentimiento se parezca a una “completud” absoluta. Pero una vez pasada esa etapa, hay que enfrentarse a la realidad objetiva y amar al otro tal como es.

En el caso del “flechazo amoroso” (o amor a primera vista), la toma de conciencia de la ilusión es particularmente difícil. En efecto ¿no estamos persuadidos de que se trata de un amor sagrado, bendecido por los dioses, que descansa sobre bases sólidas y es signo de un destino infalible?

La pasión

Cuando los escritores o los cineastas evocan la pasión, nunca dudan en utilizar términos como torbellino, ebullición, tornado, tormenta… pero, ¿qué tiene de particular la pasión para inspirar tales palabras? Tal vez su ambigüedad, su aspecto paradojal. La pasión borra todas las nociones de tiempo y espacio, pero su duración no es muy larga, es como un fuego que abrasa y se consume con rapidez. Fuegos artificiales. Es instantánea y exigente al punto de anular nuestro libre albedrío. Da la ilusión de existir intensamente, una ilusión dolorosa y perturbadora.

El psiquiatra y terapeuta de pareja francés Jacques-Antoine Malarewicz dice que “desde hace unos cincuenta años, el amor se ha banalizado. Como si todos debieran tener una vida amorosa. Y si no la logramos, la responsabilidad es nuestra: debemos encontrar la manera de lograrlo sí o sí. El resultado es que la pasión es considerada como el plus del sentimiento amoroso, como una forma aristocrática del amor que, en este sentido, está reservada para ciertos elegidos. Y la tendencia al “siempre más” (vivir más, sentir más, etc.) que agita nuestra sociedad acentúa este lado intenso y elitista de la pasión. Por otra parte, la pasión tiene que ver con la muerte, por la pérdida de la identidad y la fusión con el otro. La pérdida de toda temporalidad acentúa igualmente esta proximidad con la muerte: las nociones de tiempo desaparecen”.

Qué dice la ciencia

¿Qué nos pasa físicamente cuando ese fuego nos atrapa? ¿Cuál es el origen de esa maravillosa corriente invisible que atraviesa nuestro cuerpo? El corazón se acelera, las pupilas se dilatan… ¿Serán reacciones que corresponden al amor, a la atracción sexual? Y finalmente, ¿cuál es la diferencia? Hoy, se sabe que hay una serie de hormonas y procesos físicos que se encargan del aspecto químico de la atracción sexual y de las sensaciones del amor romántico.

La atracción sexual comienza en una pequeña estructura dentro del cerebro llamada hipotálamo. Esta estructura desata una interesante serie de reacciones cuando una persona encuentra a otra atractiva. De inmediato, el hipotálamo notifica a la glándula pituitaria que debe enviar hormonas a las glándulas sexuales. Estas, reaccionan produciendo estrógeno, progesterona, y testosterona. En cuestión de segundos, el corazón comienza a latir con mayor fuerza, se crea tensión muscular, y la persona comienza a sentir esas deliciosas cosquillas. Todos estos cambios hormonales inducen la liberación de otras sustancias que provocan alteración en el estado anímico. Se crean ilusiones de bienestar, sentimientos de pertenencia, y fantasías al estilo de un cuento de hadas, donde la pareja vive felizmente por siempre.

Tiempo de desencuentros

Hoy en día, hay un desencuentro amoroso entre hombres y mujeres. Quizás está más acelerado por los cambios culturales en los que estamos inmersos y porque instituciones sociales y culturales como el matrimonio no son ya más el paradigma de la fijeza o de la resolución de un contrato de por vida.

Las mujeres suelen decir, (hace 20 años que lo escucho), “No hay hombres”, pero yo les digo “No mientas”, porque hombres hay, deseosos hay, que buscan relacionarse afectivamente, hay. Que muchísimas mujeres no tengan un encuentro con alguien que esté en alguno de sus sueños, es otro tema. Lo que ocurre es que a las mujeres más evolucionadas, la mayoría de los varones les parecen un poco simples, más bien lineales.

Por su parte, los varones no dicen que no hay mujeres. Lo que ocurre es que los hombres negocian más rápido para el vínculo afectivo, porque no diligencian bien lo doméstico. Los varones no están entrenados culturalmente para criar a los hijos, por ejemplo, entonces negocian sin tanto trámite la unión con las mujeres para que ellas les manejen el mundo afectivo complejo.

Las mujeres cambiamos mucho, nos salimos del guión hace ya varios años. Esto es visible en los medios, en las situaciones laborales, culturales, etc. Y hace que negociemos menos: como nos ganamos la vida, como tenemos autoridad, como podemos abastecernos en una serie de cuestiones prácticas que antes no, cuando llega el momento de negociar no tenemos ganas de lavar platos, aguantar el mal humor y la poca cortesía, criar a los chicos, salir a trabajar y además estar arregladas e informadas. Ya no. Nosotras venimos hace mucho haciendo huelgas, piquetes, cortando las calles, participando de cosas antes vedadas, siendo llamadas “brujas” por reclamar que queremos saber quiénes somos. Y esto permitió, en primer lugar, que nos viéramos, y además que nos reconociéramos en nuestra sexualidad, en nuestras maneras de ser mujer, en nuestras habilidades y en nuestras dificultades, y también que empezáramos a hacer visibles temas como el acoso, la violencia, las diferencias de remuneración, de lugares representativos de poder, etc.

Es verdad que hay ciertos feminismos que están pasados de moda, pero me parece desagradecido no reconocer lo que el feminismo ha hecho para que yo esté donde estoy.

Entonces: hombres hay. Tal vez haya que esperar que ellos asimilen nuestros cambios y aprender a estar bien solas mientras tanto.

*Por Graciela Sikos, psicóloga.

 

El peor enemigo: la comodidad

A diario escucho a hombres y mujeres quejarse de su pareja. Las frases más frecuentes son “no me presta atención”, “no me dedica tiempo”, “ya no le importo”. Con el tiempo, puedo observar cómo la queja va inundando la relación y la respuesta general es más desconexión entre los miembros de la pareja, más distancia. Ahora bien, cuando digo que el otro no me presta atención, ¿qué quiero decir realmente? ¿Qué hay detrás de mi pedido?

Existe en todos una necesidad profunda de ser reconocidos, aceptados y queridos, pero es en el saber sobre nosotros mismos donde puede ocurrir el cambio: conocer mis necesidades, aceptarme y apreciarme son demandas hacia el otro, pero por las cuales yo no quiero hacer el esfuerzo. Quiero la mejor relación pero no quiero pagar el precio…

La respuesta no es mágica: se necesita, en primer lugar, una acción interna para poder comunicar mis sentimientos verdaderos y no un sentimentalismo, ya que éste en general genera rechazo. Y, lo que es más difícil, darse cuenta de que estando cerrados, acorazados, desconociendo nuestro sentir, no podemos obtener mucho del otro.

Por otra parte, la tarea cosiste en conocer al otro tal como es, no como se presenta ante mí o como yo desearía que fuera. Tratar con alguien de verdad implica honestidad y verdad, y lo verdadero no siempre va de la mano de la comodidad. Esta se relaciona con hábitos, costumbres y actitudes que me mantienen en el mismo círculo, evitando cualquier acción que requiera un cambio, y mucho menos un esfuerzo. La comodidad es un enemigo que impide buscar aquello que puede ser realmente bueno para mí y para mi pareja.

*Por Sonia Szenejko, psicóloga