Vivir a favor de la coherencia universal

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meditacion

Las claves de nuestra evolución como especie se juegan todos los días, puertas adentro.

Muchas disciplinas meditativas provenientes de Oriente –en su mayoría de carácter ascético– pasan por alto particularidades de la naturaleza occidental, en especial nuestra cultura de gratificación a partir del consumo de objetos externos. La vida cotidiana en el mundo consumista y materialista al cual pertenecemos es completamente ajena al desapego y el aislamiento personal que caracteriza a los individuos del Asia, fuente de muchas doctrinas espirituales que se han arraigado en Europa y América.

La tradición yogui plantea una serie de desafíos cuya superación le resulta muy problemática al aprendiz occidental, pues no se remite apenas a posturas corporales y a técnicas respiratorias, sino que abarca principios referidos a la alimentación, la introspección, el trabajo, el estudio e inclusive la sexualidad.

Pero al mismo tiempo, a partir de una serie de descubrimientos occidentales en el campo de las neurociencias, el arte de meditar formula incógnitas que no abarcan apenas nuestra relación depurada con nosotros mismos y eventualmente con el prójimo, sino también nuestros nexos con el planeta Tierra como organismo vivo, la galaxia dentro de la cual existimos aunque no lo tomemos en cuenta, y –claro está– el universo infinito.

La dinámica del amor (del cual la genitalidad es apenas un componente) está compuesta por principios de relación que en gran medida plantean un grado de exigencia equivalente a la creación de una obra de arte. Actualmente, muy poca gente transita esta latitud del conocimiento. Pero así como podemos anticipar que en un futuro no muy distante se incrementará la práctica de nuestros recursos telepáticos, asimismo iremos ingresando a una dimensión existencial donde la ternura y la celebración energética serán componentes cruciales de nuestra evolución como criaturas humanas.

No obstante, este refinamiento del acto vital demorará en muchos casos, pero entretanto algunos hombres y mujeres ya están adentrándose en sus rituales como avanzada de una transición de la cual depende el futuro de nuestra especie. Las cosas son o pueden ser según el modo en que ejerzamos nuestra intimidad.

La pregunta central es: ¿cómo vamos a vivir nuestras vidas? ¿A favor o en contra de la coherencia universal? En este segundo caso, el desenlace será la barbarie a ultranza. Pero si elegimos lo primero, deberemos “afinar” la vitalidad y el tiempo que poseemos en base a cuatro principios determinados:

  • La sinergia (expresión de una energía libre cuando un grupo de individuos confluye): da rienda suelta a potenciales latentes y tiene lugar cuando ese grupo de identidades, inspiradas por una meta común, se unen para formar un todo.
  • La armonización (sucede cuando un individuo se pone en órbita convivencial e invoca su resonancia con un orden más elevado de la realidad): basada en una paz profunda y una nutrición mutua, brota desde un vínculo sutil y revelador.
  • El alineamiento (aparece cuando una persona elige hallar significado e intencionalidad para contribuir al bienestar o el refinamiento de una realidad mayor): induce la plenitud grupal si cada cual elige conscientemente promover la evolución en común.
  • La transformación cuántica (proceso milagroso de transiciones discretas e imprevisibles en órbitas de integración y conciencia): alcanzada una masa crítica, se despliega espontáneamente una realidad irresistible.

Trasladado todo esto a la práctica de la meditación integrada, descubrimos que podemos volver a nacer como artífices de una ternura incondicional.

Por Miguel Grinberg