¿Qué lugar ocupa la fantasía en nuestra vida?

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Sueños

Sabemos, por los Laboratorios de Sueños, que por noche se producen, durante cinco períodos, sueños con imágenes. Dos o tres sueños en cada oportunidad, quince por noche. Sabemos que en los períodos de sueño profundo, donde se creía que no soñábamos, también soñamos. Sabemos que seguimos soñando de día, aunque el ruido diurno impide que nos conectemos con esos sueños: “La vida es Sueño”.

“¿Adónde van a parar entonces mis sueños?, si yo no los recuerdo”. Cada vez más personas dicen no recordar y, muchos, no soñar. No es así, todos soñamos, si no lo hiciéramos enloqueceríamos. ¿Cuáles son las razones del olvido? Comemos mal, respiramos mal, nos intoxicamos con remedios que muchas veces nos enferman aún más. Nos alimentamos con demandas, obligaciones, lo que se espera de mí, lo que tengo que hacer: las ideas también intoxican al alma. Hacer, hacer, no hay tiempo para soñar y menos aún para jugar. La fantasía, esa “loca de la casa” fue, hace mucho tiempo, proscripta de nuestra “realidad” y ella descansa, como una flor olvidada en el vaso, en algún lugar al cual no tenemos acceso. La buhardilla de nuestros sueños y fantasías.

Nos enseñaron a no soñar. Sin embargo sabemos que si no soñamos enfermamos, ¿será entonces que estamos todos muy enfermos? ¿O los sueños hacen por nosotros lo que tienen que hacer, con prescindencia de que los recordemos o no? Esto último es cierto. Pero también es cierto “que la mesa del señor esta servida” y no nos acercamos a ella para gozar de sus manjares. Volver a recordar nuestros sueños, volver a jugar y conectarnos con nuestras fantasías (ensoñaciones diurnas, proyectos, utopías) es volver a conocer el “lenguaje olvidado” como decía Erich Fromm, donde los dioses y nuestra alma nos hablan, nos envían sus mensajes, anticipándose muchas veces a lo que luego se hará destino, o lo que es aún más importante, son colaboradores del cumplimiento de nuestro daimon, nuestro sino, lo que vinimos a hacer al mundo como tarea principal: nuestro talento, nuestro don. La realización de nuestro Sí Mismo, según Jung.

Esto no debemos confundirlo como que debemos “interpretar” esos materiales con los que se alimenta el alma (sueños, fantasías). Todos soñamos, muy pocos “interpretan” sus sueños. Pero todos podemos vivenciarlos. Son partes de nuestra realidad interna, son nuestras experiencias más profundas. Así como hacemos nuestra la fantasía de una película y merced a nuestra identificación con los personajes y la peripecia contada, vivimos en un hora y media, lo que en nuestra vida de “no ficción” nos llevaría diez años, así también nuestros sueños y fantasías, nos cuentan nuestras propias películas. Somos guionistas, escenógrafos, actores principales y antagonistas. Estas películas internas son nuestra realidad, es más, anticipan nuestra realidad. El cerebro reacciona igual ante algo que vemos, como ante algo que imaginamos. No diferencia ficción de realidad. Un terapia exitosa no presupone modificar una realidad histórica, algo que nos pasó o que creemos que nos pasó. Tan sólo nos da la oportunidad de ver esa realidad de alguna otra forma que nos haga sufrir menos. En cierta forma nuestro pasado es una película que nos contamos sobre nosotros mismos, pero que podemos contar de muchas formas diferentes. Para eso es imprescindible amigarnos con “nuestra loca de la casa”, la fantasía y los sueños, diurnos o nocturnos.

No recordamos nuestros sueños, pero sí podemos fabricarlos, atrevernos a armar diferentes versiones sobre nosotros mismos, a fantasear sin temor a que nos llamen la atención porque “estamos distraídos” y llamen a nuestros padres para que nos disciplinen y nos vuelvan a la realidad: hay que aprender y dejar de mirar por la ventana. Pero no es esa quizás, la peor censura. La principal es la que ejercemos nosotros mismos. No dejamos que salga lo que salga, no nos atrevemos a cantar, bailar, a componer un cuento, una poesía, a dibujar libremente. Tiene que ser la mejor poesía, la mejor danza, aquello que se espera de nosotros y que yo espero de mí. Nuestras exigencias ahogan la creatividad espontánea, de dejar salir lo que tenga que salir sin juicios de valor ni estéticos. No dejamos hablar al alma, sofocamos su decir en función de lo que debería decirse.

Recuperemos la capacidad de jugar sin expectativa de ganar o perder, sólo jugar. De soñar y fantasear libremente. Nos va en ello la salud. Recuperemos a “la loca de la casa” es una bellísima persona, no merece ese destino de buhardilla. Lo mejor de nosotros está aún por suceder.
Hacer, hacer, no hay tiempo para soñar y menos aún para jugar. La fantasía, esa “loca de la casa” fue, hace mucho tiempo, proscripta de nuestra “realidad” y ella descansa, como una flor olvidada en el vaso, en algún lugar al cual no tenemos acceso. La buhardilla de nuestros sueños y fantasías.

Por Ariel Baldrich