Nueva espiritualidad puede llevar al cambio

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En el seno de la humanidad, una corriente minoritaria de individuos –hombres y mujeres– es hoy portadora de una sensibilidad y una visión del mundo que, a pesar de no ocupar espacio significativo en las noticias, está destinada a incidir paulatinamente en los asuntos fundamentales de la experiencia humana en la tierra. Su quórum crucial ha venido consolidándose durante las últimas décadas, no como resultado de una conspiración intencional sino como emergente del potencial evolutivo de nuestra especie.

No responde a un denominador común. Aunque se basa en una expresa espiritualidad, no forma parte de las rutinas esotéricas de la llamada Nueva Era y tampoco procura la revitalización de las religiones tradicionales de Occidente. Puede decirse que sus partícipes se esmeran en pasar inadvertidos, aunque sus actividades no son secretas ni clandestinas. Están absolutamente “a la vista”, pero nada de lo que hacen o dicen o publican manifiesta la intención de trazar una línea divisoria entre el ayer y el mañana de la civilización. Aunque en el fondo, están sembrando sutilmente semillas de trasformación irreversible.

Lejos de constituir una secta infiltrada en el ámbito público y privado de la sociedad actual, los componentes de esta minoría esclarecida confluyen a menudo entre sí para concretar simposios nacionales o internacionales; pero nunca fundan macro-estructuras funcionales, sino que retoman su quehacer cotidiano en escala reducida por dos motivos esenciales. No creen en las movilizaciones masivas y, tras analizar el desempeño de otras iniciativas análogas del pasado, se cuidan de ser perturbados por provocadores ideológicos o personas desequilibradas. En cierta medida, se inscriben en la “insurrección invisible de un millón de almas” que describiera hace cincuenta años el pensador escocés Alexander Trocchi.

Un factor referencial concreto de esta familia planetaria pasa por sinapsis avanzadas del neo-córtex humano sobre las cuales han reflexionado intensa y hondamente exploradores tan dispares como Jan Christian Smuts, Ira Progoff, Sri Aurobindo, Paul McLean, Arthur Koestler, David Spangler, Ken Wilber y Francisco Varela. El cerebro de numerosos adultos atraviesa hoy situaciones radicales de esclarecimiento (incompatibles con el discurso o la prédica publicitaria) que no deben confundirse con el concepto de “iluminación” frecuente en muchos credos orientales.

Tal lucidez no se limita al refinamiento de la percepción y la comprensión del significado de la vida tal como la conocemos, sino que apunta a la reformulación de la vida colectiva en términos pacíficos y solidarios. Algunos hitos de su carácter experimental han sido concretados en la India (Auroville), en Escocia (Findhorn) y el desierto de Arizona (Arcosanti).

Entretanto, la acentuada implantación en los medios de comunicación social de la problemática del Calentamiento Global, que durante las décadas precedentes fue omitida pese a su seriedad irrefutable, matiza los primeros pasos corporativos apuntados a promover una denominada Revolución Eco-Económica. Las mismas fuerzas del mercado que se beneficiaron con la violación del equilibrio natural terrestre, ahora se postulan como líderes y campeonas de una supuesta “renovación verde” globalizada.

En otra órbita, uno de los más inspirados observadores de estos procesos históricos –donde la ecología espiritual se presenta como referente fundamental– ha sido el historiador estadounidense William Irwin Thompson. Los ha explicado como secuencias de “ecologías culturales” acotadas por la geografía, y los resumió en cuatro transiciones de orden material y metafísico.

En principio, antaño la primera ecología cultural del hombre fue fluvial y surgió en la cuenca de los ríos Éufrates y Tigris. La siguiente fue marítima y floreció en el área de influencia del Mediterráneo y la identidad greco-romana. Hacia el 1500, las grandes exploraciones llevaron a los hombres a navegar el océano, y prologaron la etapa atlántica de la historia y la implantación del hoy menguante imperio estadounidense. Según Thompson, la corriente sigue desplazándose hacia el extremo Oriente y nos hallaríamos en los albores de una civilización del Pacífico. La irrupción de China e India como eventuales potencias mundiales incide profundamente en el replanteo de todo lo que se ha dado por llamar “globalización”.

El mismo historiador considera que para no desembocar en un Apocalipsis estructural serán prioritarias las ya citadas cuatro macro-reformulaciones. Las materiales remiten a la descentralización de las ciudades y la miniaturización de la tecnología. Las espirituales pasan por la interiorización de la conciencia y la planetización de la humanidad. A estas dos últimas realizaciones se encuentran también abocadas todas las iniciativas de otra “minoría”, que en Estados Unidos incluye a una vertiente de activistas llamados “creativos culturales”.

Hace dos siglos, el filósofo Georg Hegel expresó: “La historia como un todo es una revelación progresiva de lo Absoluto, desplegada gradualmente.” Y sabemos que todos los grandes cambios comenzaron siempre como ráfagas sutiles de recreación.

Por Miguel Grinberg