Menos cosas, más amor

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Cómo despegarse del consumismo compulsivo y vivir mejor

Demasiadas personas, todavía, suponen que “lo espiritual” es algo que puede tomarse en cuenta solamente como un complemento de la existencia material, algo ocasional y nada prioritario. Priorizan los asuntos del mundo físico que logran apreciar con sus cinco sentidos convencionales. Para vivir se apoyan prioritariamente en sus mecanismos racionales, y consideran que no tienen tiempo para perder en temáticas “sobrenaturales”.

Otros, descartan mecánicamente las cuestiones “metafísicas” como consecuencia de un ritual (y mecánico) déficit informativo: suponen que ello forma parte de alguna religión. Lo cual no es novedad pues la cultura laica sudamericana y cierta tradición anticlerical han hecho que se piense la “espiritualidad” como una latitud reaccionaria. O como una frivolidad burguesa que estorba a la hora de las luchas sociales, las marchas contra el repudiado de turno, o las campañas electorales.

Al mismo tiempo, los sectores más ortodoxos de la religión católica, que todavía no digirieron el Concilio Vaticano II, las prédicas fraternales del Papa Juan XXIII y los impulsos dialogales de sectores más esclarecidos de la Iglesia en cuanto al diálogo con los “nuevos movimientos religiosos”, acostumbran a interpretar a tales movimientos espirituales como sectas que socavan la occidentalidad cristiana. Basta recorrer la Internet para encontrar muchas páginas que advierten sobre “peligros” representados por Osho, Sri Sathya Sai Baba, el Maharishi Mahesh Yogui, o inclusive el Dalai Lama. No se han animado aún a denunciar como amenaza a la Kabaláh o al Sufismo, pero igualmente denotan hostilidad al respecto. Y no faltan los “salvadores” de la humanidad que inventan paralelos entre las milenarias culturas de Egipto, Persia, India, China y Japón con cultos satánicos o variadas técnicas de brujería, fetichismo y lavado cerebral.

No desconocemos la existencia de sectas reales que aparecen sin cesar y que responden a propósitos destructivos ajenos al ánimo evolutivo y a la vocación de luz. Pero al mismo tiempo verificamos que los “cazadores de brujas” las utilizan para difamar y descalificar a quienes –desde la algo desdibujada Nueva Era– abrieron rumbos inspirados en el campo acuariano y holístico.

¿Por qué será entonces que cada vez hay más títulos sobre temas espirituales, orientalismo, esoterismo, autoayuda, alimentación natural y terapias complementarias en las librerías? Matizados por cursos, seminarios y congresos más y más frecuentes. Sencillamente porque muchas otras personas sienten que han nacido para algo más que consumir objetos, adorar efigies y contribuir al fisco. Y porque el materialismo capitalista no brinda las respuestas esenciales para desentrañar el sentido de la vida.

Notamos entonces que la contrafigura del vértigo adquisitivo apoyado en una publicidad intensiva ha sido bautizada como simplicidad voluntaria. Se trata de un concepto expansivo que significa hacer/tener/vivir más con menos. Esto no impone una situación de escasez o privación, sino que pondera los potenciales de la frugalidad, o sea, el deleite de lo fundamental, porque frugal significa evitar gastos o esfuerzos innecesarios. Favorece el uso intenso del tiempo, los significados, la satisfacción, los vínculos y la comunidad. Implica depender menos del poder adquisitivo, la rivalidad y la competición, el aislamiento. Y claro está, del estrés resultante.
Se trata de aprender a apreciar lo que uno es, sabe y tiene (sin renunciar a la plenitud emocional y existencial), y a descubrir la grandeza del disponer de lo suficiente, rescatando las conexiones solidarias con los demás y con el planeta Tierra. De este modo, la simplicidad voluntaria se está convirtiendo en una corriente de personas que se han dado cuenta de que la felicidad y la plenitud no dependen de poseer más dinero, cosas más nuevas y más grandes sino de disponer más tiempo con los seres amados y más conexiones con la comunidad, el ecosistema y el universo.

De tal modo que aparece por doquier una tendencia espontánea hacia la espiritualidad, ajena a la magia y a los fetiches, y que busca significados fuera de las religiones monoteístas (y punitivas) tradicionales. De todos modos, en Occidente pertenecemos –nos guste o no– a la tradición judeocristiana. Matizada en lo jurídico y artístico por la cultura grecorromana. Todo ello con mentalidad de culpa y castigo, y batallando por los títulos de propiedad referidos a un inasible personaje: Dios.

El arte de iluminarse está al alcance de todos los que aspiran a una vida intensa no regenteada por inquisidores o censores de la percepción incondicionada que abre los accesos a un proceso evolutivo descomunal. Ha dicho sobre ello el psíquico David Spangler: “La aparición de una Nueva Era se basa ante todo en esfuerzos para aplicar valores holísticos y planetarios. Suele ser propio de estas motivaciones no atraer la atención hacia ellas. Se trata de un renacer de nuestro sentido de lo sagrado, un impulso del alma por comprender y expresar su propia divinidad”.

Por Miguel Grinberg