La verdad de la reencarnación

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La verdad de la reencarnación

La idea de la reencarnación ha llegado con sus características actuales desde Oriente. El problema es que suele ser mal interpretada, porque mientras que hindúes y budistas desean evitar la reencarnación a toda costa, en Occidente se la suele considerar como un antídoto contra la muerte y una manera de “alargar” la vida.

Un concepto exclusivo del budismo, entre las demás religiones, es la consideración de que no existe el alma, el “yo”. A la vez, se afirma que existe la reencarnación: todos los seres están sujetos a la interminable cadena cíclica de nacimientos y muertes (samsara). Infiernos y Paraísos, dioses y demonios; todos están sujetos a la rueda del samsara. La pregunta inevitable es: ¿cómo es posible negar la existencia del alma? ¿Y si esta no existe, qué es lo que reencarna? En primer lugar, hay que aclarar que, dentro de la creencia popular, sí se cree en la reencarnación como un traspaso de la individualidad de un cuerpo a otro, en sucesivas vidas. Por otra parte, diversas escuelas han adoptado posturas diferentes sobre el tema.

Sin embargo, en términos generales, puede decirse que el budismo niega la realidad del alma (atma), porque la considera sujeta al cambio y a las limitaciones de la existencia. El alma no sólo cambia de una existencia a otra, sino que en la propia vida de un individuo sufre modificaciones continuas.

Las acciones (karma) realizadas durante la vida producen innumerables efectos, y es la consecuencia de estos actos lo que vuelve a “encarnarse”. Esto se ejemplifica por una imagen habitual en el budismo: la llama de una vela se transmite a otra vela, pero no se trata de la misma vela. Como explica el gran orientalista Ananda Coomaraswamy: el budismo no enseña la transmigración de las almas, sino sólo la del carácter, la de la personalidad sin persona.

Sería absurdo pretender “escapar” de los lazos del karma y el samsara. El ser humano, en tanto existe, está sujeto a ellos. El gran salto es no identificarse con las acciones (el karma) que prefiguran y condicionan nuestro destino en el mundo. En palabras del especialista en budismo tibetano Marco Pallis: ‘quien comprende realmente el samsara o el karma –lo que viene a ser lo mismo–, comprende el nirvana’.

El camino budista enseña a no identificar la propia naturaleza con ese “yo” cambiante, sino con una esencia inmutable y totalizadora, el estado de nirvana que, en última instancia, es lo único real. El nirvana es un estado tan por encima de las categorías existenciales, que ni siquiera puede decirse que esté fuera de la reencarnación. En un diálogo con un discípulo, Buda dijo: el Arhat (el liberado) es tan profundo, tan inmensurable, tan insondable como el poderoso océano; ni renacer ni no renacer son aplicables a él, ni combinación alguna de esos términos.

Lo anterior permite comprender mejor la “reencarnación” del Dalai Lama. Cuando se afirma que el Dalai Lama es la encarnación de lamas anteriores, hay que entenderlo en el sentido de que es su función la que se ha transmitido. Esto queda más claro cuando se observa que, para el budismo tibetano, el Dalai Lama es la encarnación de Avalokiteshvara, un bodhisattva (ver nota siguiente) de origen divino, que es la manifestación universal de la compasión. No es, entonces, una individualidad particular la que se encarna sucesivamente en los diferentes Dalai Lamas, sino el atributo (que bien podría llamarse divino) de compasión.