Explorando nuestra espiritualidad: capacidad y potencia

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Cambio universal -appensar

La evolución avanza incesantemente como una espiral de energía. Dentro de ella, nosotros co-creamos nuestros propios mundos, hasta la eternidad.

Al nacer, todo el potencial de nuestra existencia viene encriptado en nuestro código genético (ADN). Simultáneamente, un código cósmico (inserto en todo y todas las latitudes siderales) queda a nuestra disposición para que emprendamos la tarea evolutiva para la cual hemos encarnado en este planeta. Ninguno de nosotros es un “accidente” fisiológico: somos una configuración de cuerpo, mente, espíritu y emoción inserta en un portentoso programa universal. Puede ser (o no) que llevemos hasta sus instancias supremas uno, alguno o todos nuestros potenciales. Ello está en parte adscripto a nuestra autonomía individual y en parte ligado a fenómenos sociales que tendremos que ir descifrando a medida que crecemos: familia, comunidad, ideologías, religiones, economía, nación e historia de la cultura y la civilización.

Nacemos potencialmente humanos. El ejercicio de la “humanidad” es una opción, no un designio. Optamos por “ser humanos” en algún momento de nuestro crecimiento: nuestros padres nos dan las primeras herramientas para ello. A través de la historia, lo cultural (etimológicamente referido al “cultivo”) expresó nuestra búsqueda de significados supremos para nuestra presencia en la Tierra. Es una artesanía individual, privada. En parte de índole vivencial y en parte de carácter material. Al mismo tiempo, lo civilizatorio (etimológicamente ceñido a la “civitas” o ciudad) representa los desafíos sociales, de convivencia.
Lo sepamos o no, somos el desenlace de una extensa trayectoria evolutiva mineral-vegetal-animal-humana donde nuestra intrínseca inteligencia espiritual dispone en primera instancia de un cuerpo físico y existe en el mundo material, pero no bien asume sus dones evolutivos pasa a discernir el paisaje metafísico de la existencia. Nuestra forma corporal y nuestro entorno son materia, sustancia. Nuestra consciencia de los códigos en acción nos convierte en un puente entre la creación material y la creación espiritual. Podemos animalizarnos y retroceder, o podemos expandirnos y evolucionar. Tal es el “libre albedrío”.

Nunca fuimos “expulsados” del Edén. Solamente dejamos de transitar el mundo angelical para “encarnarnos” en una circunstancia fisiológica que llamamos cuerpo humano. Siempre hemos estado habitando en el Edén: apenas dejamos de darnos cuenta de su textura inmaterial. Para poder evolucionar tuvimos que sumergirnos en la latitud humana de los sentidos y la energía intelectual. Y después de siglos y siglos de trayectoria, ahora estamos en vías de recomponer nuestra “virtud original”. La evolución es un proceso constante que bulle fuera del tiempo humano medido con relojes. Prosigue hacia estados imprevisibles de la realidad angélica, que es una vía de acceso a Dios o lo Divino, en una espiral incesante de revelaciones espirituales. Como hijos e hijas de la energía suprema nos volvemos co-creadores del mundo. Inventamos nuestros propios mundos y los poblamos de mil maneras con seres de inapreciable belleza y misterio, o de patético dramatismo y miseria, así hasta la eternidad.

Su Santidad el Dalai Lama se refiere generalmente a dos planos de la espiritualidad. Un tipo de espiritualidad se remite a la fe religiosa. El otro tipo no transita la órbita del dogma, se basa en las buenas cualidades humanas, en el sentido de cuidarnos los unos a los otros, en el ejercicio de la comunidad y la responsabilidad. Es posible construir un mundo de seres felices sin depender de autoridades religiosas, pero no es posible un mundo feliz sin buenas cualidades humanas. Por eso, él resalta que en este contexto las tradiciones espirituales juegan un papel trascendental, que consiste en incrementar o extender los valores humanos básicos como contribución al fomento de un mundo mejor y más compasivo. Esto lo promueve la educación genuina, y no necesariamente un Estado religioso.

En toda educación genuina aprendemos que hay una inmensa similitud en las corrientes místicas y hasta las más contrapuestas entre sí contienen la misma “chispa divina” de Verdad, un principio inefable de complementación de esencias. Abundan las denominaciones para el Creador (Yahweh, Adonai, Elohim, Shadday, Allah, Lord, Señor o Él mismo con sus infinitos nombres) pero fuera de las nomenclaturas permanece con su inmanencia y trascendencia inalterable más allá, a pesar y por los diferentes acercamientos que –desde la escasez y la finitud– el ser humano posible haya construido.

Hace unos 6.000 años emergió un tipo “humano” totalmente nuevo, dotado de intensidad espiritual, quien con celeridad inaudita comenzó a fundar culturas, a formar estados, a construir civilizaciones, a crear la escritura y a promulgar leyes. Comenzó a desplegarse una nueva revelación, y una inédita sensibilidad espiritual indujo a su alma a buscar y reconocer a su Creador. La “chispa divina” depositada en su alma nos ha traído hasta aquí.

Lao Tsé lo expresó de otro modo: “Así como inhalas y exhalas, a veces te adelantas y a veces te retrasas, a veces eres fuerte y otras veces eres débil”. Pero cuando uno capta el Edén, la energía universal genera armonías inéditas.

 

Por Miguel Grinberg