El temor al devenir y al cambio universal

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Cambio universal -appensar

Algún día, la vida humana en la Tierra será muy distinta de lo que conocemos hasta ahora.  

No estará centrada –como ahora– en los vaivenes del mundo material, sino que consistirá en dinámicas regidas por lo espiritual. Los ímpetus depredadores y desestabilizadores de la llamada “sociedad industrial avanzada” serán reemplazados por ritos celebratorios de la intensidad existencial y de la sabiduría perenne. O sea, una democracia metafísica.

Millones de personas en el mundo actual no piensan en “cambio estructural” alguno porque el régimen económico que impera induce comportamientos de preservación y cristalización: el ciudadano común no quiere que el sistema “cambie” sino que “funcione bien”. Por eso la sociedad asalariada es conservadora. Por eso, la demagogia arrastra a las multitudes al callejón sin salida de ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres. Rige entonces un tipo sofisticado de “esclavitud” donde el sueldo es el precio que mucha gente paga para seguir prisionera de los espejismos de una “sociedad de consumo” que induce a hipotecar el futuro en nombre de un dudoso confort moderno.

Pero la realidad está socavando tales falacias. El cambio climático, el encarecimiento incesante del petróleo y una crisis alimentaria de alcance planetario imponen una neta evidencia: nuestro planeta no soportará más el grado de explotación y contaminación que practicaron las naciones desarrolladas. Si potencias emergentes como China e India (con más de 1/3 de la población mundial) quisieran disfrutar de un nivel de vida como el del norteamericano opulento, para satisfacer su consumismo harían falta tres planetas y medio como el nuestro.

En 1973, en su libro Ensayos sobre el Apocalipsis, Luis Racionero decía que “a diferencia de las revoluciones del pasado, la metamorfosis que estamos viviendo no tendrá líderes carismáticos ni doctrinas estridentes, pero su impacto será más profundo y más sutil. Es imposible suponer que la evolución se detiene en el hombre. Impulsado por el amor, el universo continúa perpetuamente transformándose por puro gozo de crear. El mundo está a punto para una nueva mutación. La evolución nos está llevando más allá del hombre… una fase más en el ascenso evolutivo de la consciencia”.

En muchas partes, individuos de variadas culturas se sienten ya en estado de “gravidez cósmica”, una especie de emergencia espiritual que equivale a vivenciar algo así como un nuevo nacimiento. No se trata de una “crisis” sino de un “surgimiento”, un asomarse a una nueva realidad impregnada de lucidez y revelación. Ante este tipo de mutantes culturales (análogos a los videntes y profetas de épocas antiguas), añade Racionero, “la suerte está echada”. La re-evolución ya ha sucedido y la crisis global actual expresa los últimos estertores de los dinosaurios “que se resisten a morir en sus pantanos dando manotazos ciegos a las nuevas criaturas incomprensibles que han surgido de la luz del amanecer”.

 Los especialistas en la materia nos explican que las aperturas espirituales entrañan la limpieza definitiva de antiguos recuerdos traumáticos y de fijaciones de variado origen. Es un proceso potencialmente transformador. Surgen así nuevas escalas de valores y una honda percepción de la dimensión mística de la existencia. Nos dicen que el amor es un estado de resonancia entre la ausencia del amado y su cercanía, una resonancia vibratoria, armonizada entre ser dos y ser uno. El devenir es una pauta que nos conecta con una historia de mil millones de años codificada en nuestros cuerpos. Porque toda visión espiritual es el gozo de la verdad revelado a un alma viviente.

Pero lo que hoy se llama “educación” no es nada más que una rutina de domesticación para que siga reproduciéndose el fracaso de otra generación. Lo que hoy se llama “trabajo remunerado” es un cepo que sofoca la imaginación liberadora. Todo consiste en parar de reproducir el mundo que nos destruye paso a paso.

Individuos de variadas culturas se sienten ya en estado de “gravidez cósmica”, una especie de emergencia espiritual que equivale a vivenciar algo así como un nuevo nacimiento.

 

Por Miguel Grinberg