Cómo ser astronautas del espacio interior. 

Comparte esta nota!
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Astronautas

La construcción de la humanidad no es una obra completa, sino que constituye un despliegue continuo, un florecimiento permanente. No se trata de un edificio terminado al cual nos adosamos al nacer, como un recinto contiguo. Se trata de una realización permanente y confluencial, que se reformula con cada nueva criatura que asoma a la vida consciente. Si bien somos potencialmente humanos por naturaleza, el resto es una epopeya incesante de afirmación y expansión. Así como no hacemos el amor, sino que el amor nos hace, del mismo modo “lo humano” nos define en el mundo y nos modela y modula al mismo tiempo. Germina en nuestra alma y nos eleva. Es una artesanía infinita.

Nuestra especie transitó la “epopeya” del descubrimiento de la Tierra, primero mediante las grandes navegaciones que completaron el mapa físico del planeta, hasta la famosa foto de la esfera azul tomada desde la Luna por la misión Apolo 11 en julio de 1969. Otro hito de esa misma aventura estelar ocurre en estos momentos mientras se construye en órbita terrestre la Estación Espacial Internacional, que será la base para futuras exploraciones del ignoto “espacio exterior”. Por supuesto todavía hay misterios por descubrir en el fondo de los océanos, en el subsuelo de la Antártida y en el centro ígneo del globo terrestre. Todo eso está en curso, pero no agota la magnitud de las incógnitas humanas. Queda otra latitud inquietante: el “espacio interior”.

Ello nos conduce a los senderos de la epopeya psiconáutica, o sea, la exploración cabal de los territorios de la mente humana, que hasta hoy han sido abordados por una gran variedad de escuelas psicoterapéuticas, un pionero de las ciencias cognitivas como Francisco Varela, epistemólogos inspirados como Gregory Bateson, pensadores avanzados como Ken Wilber, un maestro espiritual como el Dalai Lama, y viajeros “psiquedélicos” como Terence McKenna y Huston Smith –entre otros– para quienes el uso de plantas y sustancias enteógenas ha sido un vía de acceso a la percepción divina.

Smith advirtió: Si nuestros ojos siempre están enfocados hacia el mañana, el ahora se escapará sin que siquiera lo percibamos. Occidente, en su preocupación por rehacer el cielo y la tierra, corre el peligro de perder el presente de la vidaque al fin y al cabo es la única vida que tenemos y dejarla escapar entre sus dedos”. Entonces, somos convocados a una travesía inédita para descubrir los laberintos sobrenaturales de la mente, que todo lo puede.

A la psicología transpersonal le debemos el reconocimiento de la espiritualidad como un aspecto importante y legítimo de la psique humana. Y al hinduismo, la comprensión de turiya, condición de “testigo” siempre presente, o sí mismo (self) puro, o experiencia de la realidad y la verdad supremas. Constituye un cuarto estado de consciencia que subyace y simultáneamente trasciende a nuestros tres estados habituales: el de vigilia, el soñar, y el dormir sin soñar. Sin olvidar que nuestra “normalidad” cotidiana en el mundo material nos somete a varios condicionamientos: el del cerebro material, el de las influencias culturales y el de las estructuras sociales.

El “psiconauta” o astronauta del espacio mental debe saber que las exigencias de la cultura convencional imponen la construcción de defensas emocionales y racionales que suelen convertirse en corazas. Con suma frecuencia tales “parapetos” traban la expresión de sentimientos y/o ideas, y pueden desembocar en situaciones patológicas de estasis (estancamiento) ampliamente estudiadas por el psiquiatra Wilhelm Reich en su libro La función del orgasmo.

En otra latitud, el individuo que se proyecta al universo del psiquismo incondicionado y experimenta de modo natural (o químico) la “integralidad” entre su ser y el kósmos (según la denominación de Wilber) descubre paulatinamente que no soporta el cretinismo que lo circunda. El éxtasis o la iluminación (captación instantánea del Todo) no son en absoluto compatibles con las rutinas de una sociedad trivializada y alienada por fetiches de todo calibre, donde la gente padece todo tipo de privaciones: físicas, emocionales, mentales y espirituales.

Los sentidos físicos convencionales y los abordajes racionales le han permitido a nuestra especie –a lo largo de su historia conceptual– una amplia gama de conocimientos y precisiones. Pero cuando el explorador psiconáutico se desplaza más y más en su nuevo territorio, descubre senderos de carácter trans-cultural y trans-social que proponen vínculos sutiles, vivencias exaltadas y artesanías del alma que jamás imaginó. Ha penetrado en un mundo muy familiar para los místicos y los visionarios.

He ahí el fermento de una nueva civilización, donde la espontaneidad se presenta como una herramienta imponderable: allí uno no busca algo en particular sino que se predispone a ser hallado por un caudal de información “intensa” que nutrirá sus dones de comprensión, ternura, invención y evolución. La meditación integral es el vehículo por excelencia para tal travesía.

 Por Miguel Grinberg