Cómo se representa el “Más Allá” para cada religión

Comparte esta nota!
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

mas-alla

Las tradiciones, tanto en Oriente como en Occidente, han atribuido una importante dimensión a la figura del Más Allá, como la promesa, el futuro perfecto. Ahora bien, ¿cómo plantea cada credo este ‘espacio’ al que todos aspiran?

El pasaje de la vida a la muerte es a menudo una ocasión para asumir la culpa y recibir el perdón. Frente al miedo de ese gran pasaje, las tradiciones espirituales tienen como función recordar al hombre que la dimensión interior de su ser no es reducible al cuerpo. No deberíamos, pues, creer que el más allá es una prolongación del tiempo lineal sino buscarlo en lo más profundo de nuestra interioridad.

En general, el más allá posee una estructura bipolar y estratificada. En el Cristianismo, el Islam, el Hinduismo, el Budismo, el Jainismo, entre otros, el paraíso está asociado a las más altas regiones del cielo, mientras que las zonas infernales son subterráneas. La psicología contemporánea, en particular a través de la obra de Jung, ha mostrado el papel de los símbolos en la evolución psíquica individual y en la edificación de las sociedades humanas. Las representaciones simbólicas del infierno y del paraíso dan cuenta de los procesos mentales que suceden en la conciencia de los moribundos. Ellas parecen corresponder al conflicto puesto en evidencia por Jung entre el Yo, la conciencia limitada y el Sí mismo, que constituye la totalidad psíquica de la que emanan las imágenes simbólicas. Mientras que el Yo tiende a permanecer prisionero de los múltiples condicionamientos de la existencia, el Sí mismo apunta a realizar las aspiraciones inconscientes del sujeto en su búsqueda de una mayor plenitud de vida. Así, aquellos que no lograr subir los peldaños de la escalera -símbolo universal de la ascensión gradual del alma- de la salvación están condenados al recuerdo permanente de sus malas acciones; pierden el equilibrio, caen y se convierten en una presa fácil de los tormentos demoníacos de la culpa: este sufrimiento moral está simbolizado por el fuego devorador del infierno. Inversamente, el encuentro con entidades luminosas, ángeles o divinidades, significa que las almas han podido superar los obstáculos psicológicos que les impiden abrirse a la experiencia de la trascendencia.

En el hinduismo, el alma eterna o atman está sometida a su destino (karma) por una ley de causa-efecto que la hace vivir en un cuerpo animal, humano o vegetal en función de sus actos anteriores. El pasaje al más allá no es breve. De acuerdo a su naturaleza, irá a los infiernos o a los paraísos… en plural. En un número de 8.400.000 “los Sin Sol” son ciegas tinieblas donde se declinan todos los suplicios: las almas de los pecadores no sueñan más que con volver sobre la tierra. El alma puede también dar una vuelta por alguno de los paraísos, uno más sublime que el otro, propuesto por los dioses del panteón hinduista. Pero sólo será un alto antes de reencarnarse, ya que el ideal de felicidad no es acceder al paraíso, ni convertirse en un dios, sino salir de la rueda de las manifestaciones para acceder a lo real absoluto. Esta ida y vuelta del alma puede hacerse 2.000.000 de veces bajo la forma vegetal, 6.400.000 bajo la forma animal y 200.000 bajo la forma humana. Para salir de este circuito infernal sólo hay un camino: acceder a la iluminación. Para llegar a ella existe el yoga y todas las otras técnicas que permiten salir de la dualidad vida-muerte.

En el taoísmo, todo es materia, pero materia cada vez más sutil. Así, los taoístas no necesitan morir verdaderamente para ir a pasear por el paraíso. Les basta con desarrollar, en esta vida, un nuevo cuerpo, más liviano, más perfecto, gracias a una ascesis especial y una vida virtuosa. Una vez muerto, lo que queda del viejo cuerpo se disolverá en la tumba y un nuevo cuerpo inmortal tomará el relevo. Esta operación alquímica, que requiere de sabiduría y conocimientos, está evidentemente reservada a unos pocos. El común de los mortales deberá conformarse con morir clásicamente y arrastrar su alma sin cuerpo delante de un tribunal de diez reyes divinos para ser juzgados. La mayoría de los humanos, que no son ni buenos ni malos, son rápidamente reenviados al ciclo de los renacimientos. Los grandes criminales o los suicidas deben pasar necesariamente por una serie de lugares infernales. Estos terribles infiernos -hielo, fuego, despedazamientos, bestias feroces- no duran mucho tiempo. El alma en infierno puede encontrarse con Dizang, un sabio, que recorre sin cesar esos lugares para favorecer la entrada en el paraíso de los taoístas. Aquél que lo siga descubrirá un universo muy refinado donde entre los lotos, los bienaventurados escuchan música.

Para el budismo, el Libro Tibetano de los Muertos o Bardo Thodol describe con precisión el modo de empleo del más allá y los medios para acceder al Nirvana, el paraíso de los budistas. Un lugar, o más bien, un estado que incluso Buda rechazó describir, ya que nirva significa apagar. El Nirvana es pues la extinción de todos los deseos portadores de sufrimiento, la liberación de las ilusiones del mundo y la contemplación de la Luz que asegura la felicidad eterna en un estado entre el ser y el no ser. Este paraíso lo podemos encontrar a partir del último soplo: basta con percibir la Luz al morir. Pero esta hermosa muerte no la experimenta todo el mundo. La mayoría de los difuntos no logra dar el gran salto y su alma vaga en el bardo, “entre dos”, entre la muerte y el nuevo nacimiento. En este lugar, lleno de visiones, las almas están siempre a la búsqueda de la iluminación. Si no la encuentran en los 49 días que siguen a la muerte, deberán reencarnarse y no perderse la próxima partida.

Según el judaísmo, en el momento de la muerte, el soplo divino (la rouah que anima cuerpo y alma) regresa a Dios. Polvo has sido, polvo serás. El alma subsiste en un lugar, el sheol, que no es ni infierno ni paraíso y donde no existe el juicio. Para las almas creyentes, este lugar es sufrimiento ya que están privadas de Dios. Esta noción de alma desafectada ha evolucionado por la Cábala, bajo la influencia de las ideas platónicas: ya que el alma es una creación de Dios debe regresar a ella. La transmigración se detendrá el día del juicio final, cuando sobrevenga la venida del Mesías. Los hombres vivos y muertos serán entonces juzgados y recibirán la “retribución” que merecen. Los justos irán al jardín del Edén (el paraíso terrestre de la Biblia) para saborear el esplendor de la presencia divina y los malos serán condenados a Gehenne, lugar subterráneo infernal donde los espera el fuego.

Para el cristianismo, las almas que han dejado su envoltorio carnal son juzgadas rápidamente. Según la Iglesia, el cumplimiento de los ritos cristianos es tan importante como las virtudes morales. Así, para que un alma merezca el paraíso desde un primer momento, es necesario que se halle en estado de gracia, es decir: que haya podido recibir los últimos sacramentos antes de morir. Son las menos. La gran mayoría vaga por un lugar nebuloso, el purgatorio, donde espera sin sufrimiento el juicio final. Este día, todos los cuerpos resucitarán y las almas serán nuevamente juzgadas. El paraíso es la posibilidad de contemplar a Dios por toda la eternidad. Los irrecuperables irán a encontrarse con Satán en el infierno y sufrirán sin esperanza el suplicio del fuego, símbolo de la pérdida irremediable de Dios.

El Islam brinda una visión del más allá semejante a la del cristianismo. En los musulmanes, después de la muerte, el alma se separa del cuerpo y se dirige, en función de su naturaleza ya sea al infierno donde sufre un castigo feroz, ya sea a una suerte de purgatorio: al Berzahk, el intervalo. Los mártires y los profetas son los únicos que tienen un acceso directo al paraíso. Se deberá esperar al juicio final para que los pensionistas del intervalo sean afectados a un destino definitivo. Las delicias del paraíso de Alá, a diferencia de los cristianos, son bastante paganas: están las “houris”, bellas jovencitas vírgenes y dóciles y los hermosos efebos, el agua fresca que brota de las fuentes, el vino que corre por los ríos, el perfume embriagador de las flores y los eternos banquetes. El infierno musulmán es también más imaginativo. Los condenados no sólo son quemados, sino también azotados, despedazados.

Bibliografía:

Las religiones del mundo, Huston Smith, Ed. Océano.

Metamorfosis del alma y sus símbolos, C. G. Jung.