Bonsái: una forma de vida

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Bonsái

Un bonsái es una planta o árbol empequeñecido mediante diversas técnicas, tratando de que se asemeje a lo que sería en su hábitat natural. Si bien para hacer un bonsái los conocimientos básicos sobre botánica son imprescindibles, la parte estética es sumamente importante en el equilibrio y la armonía de cada trabajo.

Gabriel Tobar -bonsaísta de Puerto Varas, Chile- recuerda que la primera vez que vio un bonsái fue durante el estreno de la película Karate Kid en un cine local. A partir de ese momento, comenzó la búsqueda, y encontró unos libros con información muy básica pero de gran ayuda. Luego conoció a su primer “sensei”, con el que hizo un taller de iniciación. Por su parte, Alejandro Sartori -Director de Bonsái del Jardín Japonés, Presidente del Centro Cultural Argentino de Bonsái, y Director de la Escuela Arte Bonsái- nos cuenta que después de estudiar Bellas Artes, y habiendo dejado a un lado la escultura, sintió curiosidad al ver a su madre haciendo bonsáis y pensó que podía poner allí la energía artística. No sólo hizo cursos, sino que también se interesó por aprender solo.

El arte del bonsái empieza a conocerse en occidente a fines del siglo XIX. Y aunque es complejo determinar con precisión el inicio de esta práctica, sabemos que proviene de China y que las primeras manifestaciones escritas sobre este arte datan del siglo IV (d. C.). Más tarde se incorpora a la cultura japonesa, y son ellos los que favorecen su difusión a nivel mundial; transmitiendo los principios estéticos sobre los que se basa. En los cursos que se dan en Argentina, llama la atención la cantidad de jóvenes que asisten. Los profesores comentan que la mayor parte son hombres. Aquí, tenemos arraigadas las reglas y el estilo japonés, y últimamente hubo un gran crecimiento en relación con el mundo. Desde el año 2003, se ha incrementado el número de bonsaístas argentinos, que se ven favorecidos por el acceso a la información que hay en Internet y por la bibliografía, tanto de Japón como de España.

Tanto Marita Gurruchaga –bonsaísta argentina, docente y vicepresidenta de la Asociación de Bonsái de la Ciudad de Buenos Aires-, como José Pons Ferrer –bonsaísta de Menorca, España- fueron totalmente autodidactas. Gurruchaga empezó hace casi treinta años, cuando su marido le regaló un ombú bonsái y confiesa que siempre lo sintió como algo más que el mero cultivo de una planta, porque lo percibía como una obra de arte. Compró varios libros y trazó un camino de prueba y error. Algo similar le ocurrió a Pons Ferrer, que ya había experimentado con la pintura y la fotografía, y que cuando asistió a una pequeña exposición de bonsái entendió que era mucho más creativo de lo que aparentaba. Fue entonces cuando empezó a informarse sobre esta disciplina, que desde tiempo atrás lo había atraído.

Estos cuatro practicantes sostienen que además de un hobbie, una disciplina con salida laboral o una actividad para aliviar el estrés; el bonsái es un estilo de vida. “He reído, sufrido y gozado cada uno de mis trabajos, de tal manera que ya son parte de mi vida diaria”, expresa Tobar. Del mismo modo, Gurruchaga cree que “es una manera distinta de ver la vida, de ver cosas que a lo mejor los demás no ven”. “Se puede afirmar que en la pintura se trabaja en dos dimensiones, en la escultura en tres y en bonsái tenemos una cuarta dimensión…el tiempo, por eso nos sentimos tan atraídos y ligados al él. Se crea un estrecho vínculo entre el árbol y el artista, los dos necesitan del otro; uno para subsistir y el otro para exteriorizar su necesidad creativa”, afirma Pons Ferrer. Es indudable que el bonsái ocupa un lugar muy significativo para ellos, y es por eso que se encargan de acompañar su crecimiento y exponerlos en su máxima belleza: “pasan a ser mucho más que mascotas. Son como un montón de hijos, y eso te enriquece muchísimo. Y por otro lado mostramos todo el potencial oculto que tiene cada una de las plantas”, explica Sartori.

Pequeño equilibrio

El bonsái es una planta de exterior y por lo tanto debe estar al aire libre, gozando principalmente de sol y riego periódico y abundante. ¿Pero no sufre por no poder crecer libremente? Con respecto a las polémicas acerca del daño hacia la planta, o su sufrimiento, los expertos justifican que nada se hace en su perjuicio. Por eso Gurruchaga expone que la poda también es un arte, utilizado para orientar y reorientar el crecimiento, contribuir a su rejuvenecimiento, aumentar la cantidad de follaje, inducir la floración y multiplicar la ramificación. Así es que la vida del bonsái es más larga que la de una planta de su misma especie. Además Tobar agrega que los diversos cuidados que recibe –como por ejemplo el abono, el trato contra las pestes, el riego con agua muy fresca y libre de impurezas, o la renovación del suelo- hacen que goce de vida ideal.

“Para cuidar correctamente un bonsái lo más importante es disponer de un espacio adecuado, son árboles y deben ser tratados como tales”, sintetiza Pons Ferrer. También es necesaria la fertilización y el recorte para que no pierdan la forma. Se pueden comprar en viveros especializados o hacer bonsái a partir de una planta recolectada. Aunque también está la posibilidad de empezar con semillas. Cada inicio tiene su propio tratamiento y por eso Gurruchaga nos revela: “el camino de la semilla parece largo, pero tiene la ventaja de que conseguimos una planta sin ningún tipo de traumatismos ni de marcas. Le vas a dar la forma que vos querés, lo modelás de entrada… Con una planta comprada o recolectada, tenés el desafío de adaptarte a la estructura que ya había para ir buscando el mejor estilo, la mejor manera de representarla”.

Cuando hablamos sobre los cuidados que estos árboles requieren, Sartori resalta que hay que tener un respeto absoluto hacia la planta, especialmente en los tiempos de trabajo y en las intervenciones; ir aplicando una técnica a la vez y esperar a que reaccione: “Hay épocas del año en la que le hacemos poda, hay épocas en la que le hacemos pinzado de los factores de crecimiento para incentivar la planta. Después se la puede trasplantar cambiándole el sustrato, cortarle el exagerado crecimiento de las raíces para equilibrarla”. Con respecto a los materiales de trabajo, se puede empezar con instrumentos básicos como un palito, un alicate, una pinza y una tijerita de poda, pero poco a poco los bonsaístas adquieren herramientas especializadas que ayudan al trabajo. “Tijeras, corta-alambres, alicates, gubias, tijeras cóncavas… están diseñadas para realizar los trabajos de la manera más perfecta, y simplificarnos las tareas de entrenamiento”, confirma Tobar.

¿Con qué plantas se pueden hacer bonsáis? “Yo siempre digo que con cualquier planta -asegura Sartori- pero no hay que luchar contra la naturaleza. Busquemos las que tienen características más adecuadas, que hagan una buena corteza, que dignifique cada madera, que tengan hojas chicas, crecimientos compactos. Entonces todo eso va a favorecer a un resultado mucho más armónico”. Tobar sigue la misma línea: “como regla estándar se deben entrenar árboles que tengan hojas de tamaños pequeños para ver algo simétrico y equilibrado” y Gurruchaga aconseja comenzar con plantas de rápido crecimiento, como por ejemplo un Ficus, aunque también afirma que se puede hacer bonsái con cualquier especie.

Ninguno promueve las competencias, porque terminan resultando agresivas para la planta. “Adelante está el bonsái y atrás está el artista. Por el hecho de haber trabajado tan intensivamente, puedo dañarla, perjudicarla o hasta matarla” expone Sartori. Para Pons Ferrer, en los concursos no se fomentan sentimientos positivos; razón por la que se desvirtúa este arte. Sin embargo, todos consideran que las exposiciones son efectivas por la devolución de la gente y por la enseñanza que dejan. Tobar manifiesta que los visitantes “se maravillan con árboles que tienen más de diez años de entrenado y de tan sólo quince centímetros de altura”. Además Gurruchaga participó de la Exposición Bonsái Matsuri, el año pasado en el Jardín Japonés, junto con Sartori y otros bonsaístas. Allí hizo una coordinación interactiva entre ellos y la gente durante un proceso de alambrado, con la finalidad de que el evento esté ligado didácticamente al aprendizaje. También se presentan en encuentros internacionales, a los que asisten los maestros más importantes del mundo. En esas ocasiones toman contacto con las distintas formas de trabajo y con los diversos estilos de cada país.

Menos es más

Dicen que cuando trabajan con sus bonsáis se desconectan del mundo. Según Sartori, en esos momentos no hay tiempo, porque esta actividad es un cable a tierra y un remedio contra el estrés. Por eso es una práctica atrayente “es fácil de hacer, no es cara y trae muchas satisfacciones”. Del mismo modo, Tobar nos cuenta que cuando utiliza la técnica de alambrado de troncos y ramas, alcanza un estado muy alto de concentración: “es una suerte de meditación y control de la respiración… nada existe a tu alrededor, salvo el árbol y tú”, y confiesa que puede estar horas alambrando, y que esto le produce mucha calma. Pero no se aísla de los demás, al contrario, siente que puede establecer una mejor comunicación: “logras canalizar una suerte de paz interior y entregarla a los tuyos y a tus amigos”. Por su parte, Gurruchaga comprueba que a la gente le sirve: “es como sacarte todos los problemas y dejarlos colgados en la puerta; toman otra dimensión”. Y continúa explicando por qué un momento de nervios es bueno para podar: “cuando vos estás en contacto con el árbol sentís palpitar el pulso de la naturaleza, sentís otro movimiento”. Sin embargo hace una observación “si estás deprimida y no tenés ganas de pintar, no pasa absolutamente nada. Pero si no regás los bonsáis, se mueren. Son seres vivos que te demandan”. Para Pons Ferrer gracias al bonsái podemos desarrollar nuestra parte creativa y artística y analizar conceptos como equilibrio de masas, espacios vacíos, armonía, dinamismo y profundidad; además de ayudarnos a “ser pacientes, humildes –nuestra voluntad no está por encima del árbol- contemplativos, y lo más importante es que nos inunda de buenos sentimientos, nos da sosiego, paz… en definitiva nos ayuda a ser felices”.

El primer paso

Si bien el primer acercamiento al bonsái puede tener distintos abordajes, la experiencia de los bonsaístas de años en el tema, nos dice que un curso elemental es un buen inicio: “La primera clase que doy tiene los antecedentes históricos del bonsái, las relaciones del bonsái con el Zen, y las características del arte japonés. Para entender por qué pedimos asimetría o utilización de números impares, por qué hay que respetar algunas reglas y otras no… para romper las reglas, primero hay que conocerlas”, señala Gurruchaga. Del mismo modo, según Tobar, para empezar es necesaria la parte histórica, además de saber acerca de los estilos de bonsái y sus variantes. En el caso de los niños, lo primordial para Pons Ferrer es que tengan ideas básicas de cultivo y de técnicas de formación, aparte de que le dediquen tiempo y sean constantes. “El comienzo conviene que sea guiado, porque la práctica interpretando nada más que el libro, puede ser muy errática y frustrante –dice Sartori y sigue- hay que animarse, no es complejo, es algo fácil. Una vez que empiecen les va a picar el bichito del bonsái y van a querer más”.

 

Para mirar en la Web

 

Contactos

  • Alejandro Sartori (Argentina)

Cursos y exposiciones

Centro Cultural Argentino de Bonsái: www.ccabonsai.com.ar

e-mail: [email protected]

Escuela Arte Bonsái: [email protected]

Jardín Japonés: www.jardinjapones.org.ar/

e-mail: [email protected]

  • Gabriel Tobar (Chile)

www.bonsai-nativo.blogspot.com/

escuela-patagonia-bonsai.blogspot.com/

e-mail: [email protected]

  • José Pons Ferrer (España)

www.bonsaipepe.com/

e-mail: [email protected]

  • Marita Gurruchaga (Argentina)

Bonsái Studio: vivero y cursos

www.marita-gurruchaga.com.ar/links.htm

e-mail: [email protected]

por Carolina Genovese