Acerca de la doctrina de Buda

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Buda

La vida de Buda es rica en milagros, pero enseñó una verdad que es asombrosamente sencilla: todo en el mundo es sufrimiento. El camino de Buda, entonces, se basó en erradicar el sufrimiento. Este camino encuentra su raíz en el deseo y así es que dedicó los últimos 40 años de su vida a difundir esta enseñanza.

Cuando Buda nació, su primer acto fue dar siete pasos en dirección norte, y exclamar: soy supremo en el mundo; habré de vencer a la enfermedad y a la muerte. La vida de Sidarta Gautama, luego el Buda, está inmersa en lo milagroso desde su nacimiento, y aún antes de él. Su madre soñó una noche con un elefante blanco que penetraba en su costado, y esa fue la noche en que Buda fue concebido.

Los datos historiográficos revelan que Buda habría nacido hacia el año 532 a.C. en el norte de la India, perteneciente a la tribu de los Sakyas, e hijo de un rey local y, como tal, perteneciente a la casta guerrera hindú: los kshatriyas. Pero limitarse a estos hechos sería perder de vista que la importancia de Sidarta Gautama se encuentra en su vida ejemplar, tal como la transmiten los relatos tradicionales. Cada acontecimiento de su vida posee un contenido simbólico fundamental para la práctica y la comprensión del budismo. Es por eso que la reseña que sigue se remite a las ancestrales historias sobre su vida.

El camino de Buda

En la ceremonia de su nacimiento, fueron invitados ocho adivinos brahmanes (la casta sacerdotal), quienes predijeron que el niño se convertiría en un monarca universal o en un Buda. Salvo uno de ellos, que afirmó que, con seguridad sería un Buda. El padre, que deseaba que su hijo se convirtiera en rey, lo rodeó de placeres y no dejó que traspusiera las puertas de sus palacios. Sin embargo, cuando creció –ya casado y con un hijo por venir– el joven Sidarta quiso conocer la ciudad. Su padre limpió las calles y ordenó que nada desagradable pudiera ofrecerse a la vista de su hijo.

No obstante, en sucesivos paseos, encontró a un hombre anciano, a un enfermo y a un cadáver; se enteró, así, de los males que aquejan a la humanidad: la vejez, la enfermedad y la muerte. Por último, en una cuarta salida, halló a un asceta. Esta visión determinó a Sidarta a seguir el mismo camino y, una noche, partió a escondidas, para convertirse en un mendigo errante. En su peregrinar encontró cinco compañeros, que se convirtieron en sus primeros discípulos. Los años iniciales de su búsqueda los pasó practicando una austeridad extrema, a tal punto que su cuerpo se convirtió, casi literalmente, en piel y huesos. Sidarta estaba tan débil que, un día, no pudo mantenerse en pie, y se desvaneció. Se dio cuenta, entonces, de que los extremos son igualmente ineficaces para obtener la realización espiritual. Una vida de lujo y placeres no puede ser duradera, pero una mortificación sin límites tampoco sería capaz de liberarlo de las ataduras de la existencia. De modo que decidió seguir lo que se conoce como el Camino Medio, y comenzó a aceptar ofrendas de alimentos. Pero sus discípulos no comprendieron esta forma de actuar, y pensaron que su maestro había fallado en su búsqueda espiritual, de manera que lo abandonaron. Sidarta, por su parte, se sentó a meditar bajo una higuera (el árbol de la bodhi), y juró no levantarse hasta no haber obtenido la Iluminación y haberse convertido en Buda. Finalmente –luego de ser tentado por Mara, el demonio–, en el día de su 35 cumpleaños, Sidarta Gautama logró la Iluminación. Se había convertido en el Buda, el “despierto”, “el iluminado”.

La Rueda de la Ley

 A partir de entonces, Buda dedicó su vida a predicar el camino que había descubierto. En primer lugar, se dirigió a Benarés, donde sabía que se encontraban sus antiguos discípulos, y predicó su primer sermón, que se conoce como la Puesta en Marcha de la Rueda de la Ley (esta ley es el Dharma, el orden subyacente en la naturaleza). En este primer discurso están sentadas las bases del budismo: las cuatro nobles verdades y el óctuple sendero.

Las cuatro nobles verdades son:

  • existe el sufrimiento;
  • el sufrimiento se origina en el deseo;
  • la eliminación del deseo es el remedio para el sufrimiento;
  • la eliminación del deseo se obtiene siguiendo el óctuple sendero.

A su vez, este óctuple sendero está constituido por:

  • opinión correcta;
  • intención correcta;
  • lenguaje correcto;
  • conducta correcta;
  • modo de vida correcto;
  • esfuerzo correcto;
  • mentalidad correcta;
  • concentración correcta.

En pocos años, esta doctrina alcanzó una extraordinaria difusión. Las enseñanzas de Buda estaban dirigidas a todos los hombres y mujeres por igual, sin distinción de castas (al contrario que en el hinduismo). Su punto de partida no era la naturaleza de Dios, ni la del universo, sino el hombre situado en el mundo (el samsara, el “flujo continuo” de nacimientos y muertes); es decir, era decididamente práctico, lo que contrastaba con la situación del hinduismo en aquella época, sumergido en rituales formalistas, huecos de sentido. El punto de llegada del budismo, en tanto, era el Nirvana (“extinción”), un estado al que se define de modo negativo como vacío, sólo porque es tan absoluto que las palabras no pueden dar cuenta de él. A este respecto, el poeta del siglo VIII d.C., Saraha, pudo decir: el mundo entero está atormentado por las palabras / y no hay nadie que actúe sin palabras. / Pero en la medida en que se está libre de palabras / se comprenden realmente las palabras.

Este concepto de absoluto, entendido como un estado, y no como un Dios o Ser personal (aunque Buda jamás negó la existencia de los dioses), ha llevado a caracterizar al budismo como una “religión atea”, lo cual no deja de ser una contradicción en los términos. Más correcto sería definirla como “no teísta”.

El gran sabio Nagasena (siglo II a.C.) se refirió al Nirvana en los siguientes términos: nuestra ignorancia esencial es imaginar que nuestro destino final es concebible. Todo lo que podemos saber es que es una condición que está más allá; más allá de las limitaciones de la mente, de los pensamientos, de los sentimientos y de la voluntad, que son todos confinamientos.

Es debido a esta falta de adecuación del lenguaje (y a la dureza ya mencionada del ritualismo hindú), que el Buda aconsejó a sus seguidores que busquen la Iluminación por sí mismos, sin depender de maestros o enseñanzas. Buda dijo: no acepten lo que oigan decir, no acepten la tradición, no acepten una declaración porque figura en nuestros libros, ni porque sea lo que dice vuestro maestro. Sed lámparas para vosotros mismos.

Esto no implica renegar de la autoridad espiritual, ni que haya piedra libre para hacer lo que uno desee. La propia existencia de un voluminoso corpus de textos sagrados budistas revela que este consejo de Buda apunta en otra dirección: la intención es poner el énfasis en el esfuerzo del devoto y en una comprensión real, interna, antes que en una mera repetición de palabras o actos rituales. En este sentido, conviene recordar las últimas palabras de Buda, según un texto sagrado: labra tu propia salvación con diligencia.

El camino de la belleza

 De los monumentales templos de Mahabodhi (India) y Borobudur (Indonesia), a la majestuosa pagoda de Shwe-Dagon (Myanmar) o al Gran Buda de Kamakura (Japón), el budismo ha desarrollado un estilo artístico de profunda belleza. Pero no se trata solamente de una manifestación más del genio creativo del hombre: es parte del camino espiritual, especialmente para la vertiente Mahayana (una vía “positiva”, en relación con el rechazo de las formas y el mundo por parte del Hinayana, el budismo primitivo).

Esto se ve de manera eminente en el budismo tibetano, donde son soporte de meditación los intrincados y multicolores mandalas, al igual que diversos cantos y acompañamientos musicales. Las complejas, brillantes y doradas estatuas de deidades como Tara o Avalokiteshvara son, también, parte de este “camino de la belleza”.

El zen es otra rama que ha sabido sacar provecho del arte como método espiritual. Distintas disciplinas marciales de los samuráis (el arte de la espada, la equitación, el tiro con arco) están enmarcadas en el ámbito del zen, el cual, en mayor o menor medida, ha influido también en las mejor conocidas artes marciales japonesas, como el karate o el aikido. La marca del zen se observa en numerosas formas de arte japonesas, como la caligrafía, la música, la pintura sumi’e, la poesía haiku e, incluso, en formas menos convencionales, como el ikebana (arreglos florales) o la ceremonia del té. Al respecto de esta última, el metafísico Frithjof Schuon explica: La ceremonia del té, el acto simbólico y moralmente correcto –el acto ‘profundo’, si se quiere– se considera que desencadena una especie de anamnesis platónica, o una conciencia unitiva. La ceremonia del té significa que debemos cumplir todas las actividades y mani­pulaciones de la vida cotidiana según la perfección primordial, que es puro simbolismo, pura conciencia de lo Esencial, perfecta belleza y dominio de sí.